OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.-Cuando miro hacia atrás, comprendo que una parte importante de mi formación política no comenzó en las aulas universitarias ni tampoco cuando regresé definitivamente a la República Dominicana. Comenzó mucho antes, casi sin que yo mismo me diera cuenta, durante mis años de adolescencia en Ecuador.
Salí de la República Dominicana en 1961, poco después de la muerte de Rafael Leónidas Trujillo. El país atravesaba entonces uno de los períodos más inciertos de nuestra historia contemporánea. Después de treinta y un años de dictadura, nadie podía predecir con certeza hacia dónde se encaminaba la nación. Había tensiones políticas, luchas por el poder, conspiraciones, temores y una sociedad que apenas comenzaba a aprender nuevamente el ejercicio de la libertad.
Ante aquella situación, mi padre tomó la decisión de sacar temporalmente a la familia del país. Primero nos trasladamos a Puerto Rico y posteriormente nuestra vida familiar quedó vinculada a Washington, donde él recibió la oportunidad de incorporarse al Banco Interamericano de Desarrollo (BID), una institución relativamente nueva, creada en 1959 para impulsar el desarrollo económico y social de América Latina.
Las nuevas responsabilidades de mi padre implicaban constantes viajes por distintos países de la región. Por esa razón tomó una decisión que tendría una influencia considerable en mi formación: internarnos a sus hijos en una academia militar en Estados Unidos.
Pasé aproximadamente tres años en una academia militar de Virginia. Aquella educación me proporcionó disciplina, sentido del orden, responsabilidad personal y una visión bastante estructurada de la vida. Sin embargo, mi verdadera educación sobre América Latina comenzaría poco después.
Mi padre fue destinado primero a Venezuela y, posteriormente, hacia 1965, a Quito, Ecuador. Al terminar mi período en la academia militar me reuní nuevamente con él y completé en Quito mis estudios de bachillerato entre 1965 y 1968.
Fue allí donde, siendo todavía muy joven, tuve mi primer encuentro directo con algo que posteriormente aprendería a reconocer en numerosos países: la extraordinaria combinación latinoamericana de democracia, caudillismo, golpes militares, populismo, reformas sociales, personalismos e instituciones todavía frágiles.
Ecuador era en aquellos años un auténtico laboratorio político.
Yo había salido de una República Dominicana que acababa de perder a Trujillo y llegaba a otro país que llevaba décadas intentando encontrar su propio equilibrio entre gobiernos civiles y militares.
La década de 1960 ecuatoriana fue particularmente convulsa. José María Velasco Ibarra había ganado nuevamente la Presidencia en 1960. Tras su caída en 1961 asumió Carlos Julio Arosemena Monroy, quien fue derrocado por los militares en 1963. Una Junta Militar gobernó entonces hasta 1966, cuando comenzó nuevamente una transición hacia gobiernos civiles.
Ese fue precisamente el Ecuador en el que me tocó vivir.
No estaba estudiando ciencia política, pero tenía delante de mis ojos una clase diaria de ciencia política.
Había golpes de Estado, presidentes que regresaban del exilio, militares que entraban y salían del poder, partidos que se reorganizaban, manifestaciones estudiantiles, discusiones ideológicas y una sociedad que oscilaba constantemente entre la búsqueda del orden y el entusiasmo por líderes carismáticos.
Dentro de aquel escenario había dos figuras que me impresionaron especialmente y que, muchos años después, inevitablemente relacioné con personajes de nuestra propia política dominicana.
Una era Galo Plaza Lasso.
Galo Plaza había sido presidente del Ecuador entre 1948 y 1952 y representaba una figura de moderación, institucionalidad y prestigio internacional. Había conseguido algo poco común en el Ecuador de aquellos tiempos: concluir constitucionalmente su mandato. Posteriormente desarrolló una importante carrera internacional y en 1968 fue elegido secretario general de la Organización de Estados Americanos.
Galo Plaza representaba para mí al hombre institucional.
Era una figura respetada aun cuando no ejerciera directamente el poder. Guardando naturalmente las enormes diferencias históricas y personales, con los años esa presencia me recordaría en ciertos aspectos a Joaquín Balaguer.
No porque ambos fueran políticamente iguales —no lo fueron—, sino por algo diferente: la permanencia de una figura política que, aun estando circunstancialmente fuera del gobierno, continuaba siendo una referencia inevitable para comprender el sistema.
Pero Ecuador tenía también el otro extremo de la política.
Ese hombre era José María Velasco Ibarra.
Velasco era prácticamente la personificación del caudillo latinoamericano. Dominó la política ecuatoriana durante buena parte del siglo XX y fue elegido presidente en cinco ocasiones.
Su arma principal no era solamente una estructura partidaria.
Era su personalidad.
Era la palabra.
Era el balcón.
Era la multitud.
A él quedó asociada una de las expresiones más famosas de la política ecuatoriana:
“Dadme un balcón y seré presidente.”
Yo veía aquello siendo apenas un muchacho.
Veía cómo un hombre podía encontrarse fuera del país, regresar y, mediante su extraordinaria capacidad de comunicación, convertirse nuevamente en una fuerza política formidable. En 1968, precisamente cuando terminaba mi etapa en Quito, Velasco Ibarra volvió a alcanzar la Presidencia por quinta vez.
Muchos años después, cuando conocí profundamente la política dominicana, aquella figura inevitablemente me hizo recordar a José Francisco Peña Gómez.
Naturalmente, fueron personalidades, circunstancias e historias diferentes. Peña Gómez fue un dirigente democrático con una trayectoria propia. Pero existía una semejanza que para mí resultaba evidente: el extraordinario poder de la palabra y la capacidad de establecer una relación emocional directa con las masas.
Cuando años después veía a Peña Gómez pronunciar aquellos grandes discursos frente a multitudes dominicanas, había algo que me resultaba familiar.
Yo había visto aquella película antes.
La había visto en Quito.
Allí comencé a comprender que en América Latina las instituciones importaban, pero también importaban enormemente los hombres.
Había políticos cuya autoridad procedía fundamentalmente de las instituciones y otros cuya autoridad parecía emanar directamente de la multitud.
Había hombres como Galo Plaza, cuya influencia descansaba en la moderación, la experiencia y el prestigio institucional.
Y había hombres como Velasco Ibarra, capaces de convertir un balcón y un discurso en instrumentos extraordinarios de poder.
Aquellas experiencias comenzaron a enseñarme algo que posteriormente confirmaría durante toda mi vida: la política latinoamericana no puede comprenderse exclusivamente leyendo constituciones.
Hay que entender la historia.
Hay que entender las Fuerzas Armadas.
Hay que entender las élites económicas.
Hay que entender la influencia de Estados Unidos.
Hay que entender las desigualdades sociales.
Pero, sobre todo, hay que entender la psicología colectiva de nuestros pueblos y su histórica relación con el caudillismo.
Cuando regresé definitivamente a la República Dominicana después de graduarme en Estados Unidos en 1972 encontré un escenario que, de alguna manera, ya conocía.
El país se encontraba en pleno período de los llamados Doce Años de Balaguer. Después de la Guerra de Abril de 1965 y la intervención estadounidense, la República Dominicana seguía buscando estabilidad, crecimiento económico e institucionalidad dentro de un sistema fuertemente presidencialista y marcado también por importantes conflictos políticos.
Yo tenía apenas veintiún años.
Pero ya no observaba aquel escenario con los ojos de alguien completamente ajeno a los fenómenos políticos latinoamericanos.
Había vivido la caída de una dictadura en mi propio país.
Había vivido fuera de él las consecuencias de aquella crisis.
Había pasado por la disciplina de una academia militar estadounidense.
Había conocido, a través del trabajo de mi padre, una institución dedicada precisamente al desarrollo de América Latina.
Y, sobre todo, había vivido durante tres años fundamentales de mi adolescencia en un Ecuador donde gobiernos civiles, juntas militares, expresidentes, caudillos y movimientos populares convivían dentro de una permanente búsqueda de estabilidad.
Quito había sido, sin yo saberlo entonces, mi primer laboratorio de política latinoamericana.
Cuando regresé a Santo Domingo en 1972, muchas de las piezas comenzaron a encajar.
Comprendí que nuestros países tenían historias distintas, pero compartían comportamientos políticos sorprendentemente semejantes.
El conflicto entre orden y libertad.
Entre instituciones y caudillos.
Entre gobiernos civiles y militares.
Entre conservadores y reformistas.
Entre las élites y las masas.
Entre quienes construían su poder mediante estructuras y quienes podían construirlo desde un balcón.
La República Dominicana tenía sus propios nombres: Balaguer, Bosch y Peña Gómez.
Ecuador tenía los suyos: Galo Plaza, Velasco Ibarra, Arosemena y otros.
Pero detrás de los nombres aparecía muchas veces una misma realidad continental.
Esa es quizás una de las mayores enseñanzas que me dejó aquella etapa de mi juventud.
Mucho antes de estudiar formalmente los procesos económicos, jurídicos y políticos de nuestra región, América Latina ya me había dado una clase práctica de sí misma.
Me la dio en las calles de Quito.
Me la dio viendo cambiar gobiernos.
Me la dio escuchando hablar de militares, elecciones, exilios y presidentes.
Me la dio viendo coexistir la prudencia institucional de un Galo Plaza con el extraordinario magnetismo popular de un Velasco Ibarra.
Después vendrían décadas de observar directamente la política dominicana, sus gobiernos, sus crisis y sus transformaciones.
Pero cuando pienso en dónde comenzó realmente mi interés por comprenderla, siempre regreso al mismo lugar.
A Quito.
A aquellos años de 1965 a 1968.
A una etapa que entonces simplemente consideraba parte de mi adolescencia y que hoy, con la perspectiva que solamente concede el tiempo, entiendo de otra manera:
Ecuador fue el laboratorio que me permitió comenzar a entender la política latinoamericana antes de regresar a vivirla plenamente en la República Dominicana.
