OPINIÓN ANDRÉS AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Nacer dominicano no es simplemente venir al mundo en una isla caribeña con playa y merengue de fondo; es inscribirse automáticamente en un curso intensivo de supervivencia donde no hay manual, pero sí práctica diaria. Desde temprano uno aprende que la vida aquí no camina en línea recta, sino en zigzag, esquivando tapones, apagones, facturas que nadie entiende y promesas que caducan sin previo aviso. Vivir en República Dominicana exige reflejos rápidos, memoria selectiva y, sobre todo, un sentido del humor bien entrenado, porque sin risa esto sería invivible.

El dominicano no improvisa: resuelve. Resolver es una ciencia no escrita, una mezcla de creatividad, relaciones humanas y paciencia infinita. Cuando no hay luz, aparece la planta; cuando no hay agua, el tinaco; cuando no hay sistema, surge el contacto; y cuando no hay contacto, siempre existe el primo de un amigo que conoce a alguien que “te puede ayudar”. Aquí el plan A casi nunca funciona, pero el plan F —de fulano— rara vez falla.

El tapón, por ejemplo, no es tráfico: es un estado mental. En él se oyen noticias, se hacen llamadas importantes, se renegocian negocios, se resuelven herencias y hasta se reflexiona sobre el sentido de la vida, todo mientras el vehículo avanza cinco metros en media hora. Por eso en República Dominicana nadie pregunta cómo estás; la verdadera pregunta es dónde estás parado, porque de ahí se sabe cuánto te falta para llegar… si llegas.

El salario dominicano, por su parte, es un milagro digno de estudio teológico. No alcanza para nada, pero paga todo. Colegio, luz, agua, internet, gasolina, comida, cumpleaños, velorios y una que otra “vaca” inesperada. Nadie sabe cómo, pero se paga. Eso sí, acompañado siempre de la frase nacional por excelencia: “Este mes estoy corto”, expresión válida incluso el mismo día de cobro.

Las reglas existen, claro que sí, pero aquí son flexibles, emocionales y circunstanciales. El mismo trámite puede resolverse en quince minutos si vas acompañado, durar meses si vas solo, o quedarse en el limbo eterno si decidiste ser demasiado correcto. El dominicano no viola la ley; la interpreta con creatividad, buscando siempre la manera menos traumática de llegar al resultado.

Y en medio de todo ese caos perfectamente organizado, el humor aparece como mecanismo de defensa colectiva. Nos reímos del apagón, del tapón, del calor, del político de turno, del precio del pollo y hasta de nosotros mismos. Porque el dominicano aprendió hace tiempo una gran verdad: si no te ríes, te da algo. La risa aquí no es ocio, es medicina preventiva.

Sobrevivir en República Dominicana no es fácil, pero tiene una ventaja invaluable: aquí la gente no solo existe, vive. Vive hablando duro, riéndose fuerte, quejándose mucho y levantándose todos los días con la convicción íntima de que, aunque no esté fácil, hay que seguir. Y sigue. Siempre sigue.