OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, Docente de Unicaribe, ([email protected]).- El editorial del Diario Libre, “Justicia: yo también protesto”, recoge un sentimiento que atraviesa hoy a buena parte de la sociedad dominicana: cansancio, frustración y desconfianza frente al funcionamiento de la justicia. Esa preocupación es legítima y merece ser escuchada. Sin embargo, vale la pena hacer una pausa y reflexionar sobre un riesgo histórico bien conocido: cuando los intereses afectados y la indignación colectiva abren la puerta al populismo de masas.

La historia enseña que no siempre la multitud es sinónimo de justicia. El ejemplo más elocuente —y más incómodo— es el de Jesucristo. Poncio Pilato, autoridad judicial del momento, no encontró culpa en Él y su voluntad era liberarlo. Sin embargo, la presión del pueblo fue más fuerte. La multitud pidió castigo, pidió sangre, y la justicia terminó arrodillada ante el clamor popular.

Ese episodio no es solo un relato religioso: es una advertencia universal. Las masas, cuando se exacerban, pueden ejercer más poder que la justicia institucional, y ese poder, movido por emociones, intereses o resentimientos, no siempre conduce a la verdad ni a la equidad.

El populismo —también el judicial— surge cuando el debido proceso se ve desplazado por la urgencia de satisfacer la indignación colectiva; cuando la condena social precede a la prueba; cuando la justicia se convierte en espectáculo. En esos contextos, el sistema deja de proteger derechos y comienza a administrar miedos.

No se trata de descalificar la protesta ni de pedir silencio ciudadano. Protestar es un derecho. Exigir rendición de cuentas es necesario. Pero exacerbar los ánimos hasta el punto de sustituir la ley por el linchamiento moral o social es un camino peligroso. Ni siquiera Pilato, representante del Imperio Romano, pudo contener a las masas. Pensar que nuestras instituciones modernas pueden hacerlo sin una ciudadanía prudente y un discurso responsable es desconocer la historia.

El verdadero reto no es elegir entre protesta o justicia, sino evitar que la una destruya a la otra. La justicia debe ser firme, pero también serena; independiente, pero no temerosa; guiada por la ley y no por el ruido.

La historia ya nos enseñó —con un costo inmenso— lo que ocurre cuando la multitud sustituye al derecho. Recordarlo no debilita la causa de la justicia; la protege.