OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia.- La República Dominicana vive atrapada en un círculo vicioso: cada día descubrimos un nuevo problema, pero seguimos sin voluntad real de enfrentarlo. La inseguridad crece, la corrupción aumenta, el tránsito es caótico, el sistema eléctrico no termina de estabilizarse, la salud pública apenas responde y la educación continúa rezagada en comparación con países con los que nos gusta compararnos.
Nos repetimos a diario que somos un país con talento, resiliencia y espíritu trabajador, y es verdad. Pero no basta con el talento individual: necesitamos instituciones fuertes, educación de calidad y una ciudadanía que no tolere la mediocridad.
- El espejismo de copiar modelos.
Algunos creen que basta con imitar el modelo norteamericano: elecciones constantes, leyes abundantes, comisiones, agencias y “checks and balances”. Sin embargo, olvidamos que Estados Unidos funciona porque tiene instituciones con tradición, un sistema judicial independiente, educación extendida y una cultura cívica que se construyó durante siglos.
Trasplantar ese modelo en sociedades con alta desigualdad, baja calidad educativa y altos niveles de informalidad termina en frustración. Copiamos la forma, pero no el fondo. Creamos instituciones sin presupuesto, leyes que nadie cumple y comisiones que solo generan más burocracia.
- Lo que sí funcionó en otros países.
Cuando miramos los casos de Corea del Sur, Singapur o Taiwán, no fue la democracia formal lo que los hizo prosperar en sus primeras etapas, sino la continuidad de políticas públicas, disciplina institucional, planificación a largo plazo y educación masiva.
Corea apostó a la industria y a la educación técnica, soportando sacrificios para exportar.
Singapur combatió la corrupción sin piedad, con una burocracia profesional y meritocrática.
Taiwán empezó con una reforma agraria y luego se lanzó a la tecnología.
Todos esos países entendieron que la prosperidad nace de invertir en la gente, construir Estados capaces y mantener un rumbo firme.
- La realidad dominicana.
En RD tenemos el reto de que cada cuatro años queremos “reinventar el país”, como si nunca hubiera nada hecho antes. Esa discontinuidad nos destruye. Lo poco que avanza una gestión lo paraliza la siguiente, y al final retrocedemos.
Además, convivimos con una burocracia ineficiente que multiplica trámites en vez de resolverlos, con un clientelismo que coloca lealtades políticas por encima del mérito, y con un sistema judicial que no logra garantizar justicia rápida y confiable.
El resultado: desconfianza generalizada. Y cuando no confiamos en el Estado, la sociedad busca atajos: corrupción, informalidad, violencia.
- El costo de la improvisación.
El impacto se mide en la vida diaria:
El agua no llega con regularidad.
La electricidad sigue teniendo apagones y altos costos.
El tránsito consume horas productivas y vidas humanas.
La salud pública no logra cubrir las necesidades mínimas.
La educación forma jóvenes que no encuentran trabajo de calidad.
Estos problemas no son inevitables; son consecuencia de la falta de planificación, continuidad y responsabilidad social.
- Qué hacer distinto.
No necesitamos discursos más largos ni leyes más bonitas. Necesitamos acciones simples, sostenidas y verificables:
Educación real: Escuelas que enseñen matemáticas, lectura crítica y formación técnica alineada a las necesidades del mercado.
Justicia rápida y confiable: Un contrato o una querella no pueden durar años en tribunales. La justicia lenta es injusticia.
Estado que sirva: Digitalización total de trámites, transparencia en licitaciones y carrera pública meritocrática.
Ciudadanía exigente: No basta con indignarse en redes; hay que organizarse en juntas de vecinos, asociaciones y gremios que presionen con constancia.
Visión de largo plazo: Planificación más allá de los ciclos electorales. El país no puede seguir cambiando de rumbo cada cuatro años.
- Una cultura que debemos cambiar.
El verdadero patriotismo no es solo cantar el himno ni llevar la bandera en actos oficiales. El patriotismo empieza en lo cotidiano:
No pagar un soborno.
Respetar la fila.
Denunciar una injusticia.
Cumplir las leyes aunque nadie nos mire.
Cuando como ciudadanos dejamos pasar “lo chiquito”, después nos quejamos de “lo grande”. La corrupción comienza en el día a día y termina contaminando todo el sistema.
- El llamado.
La República Dominicana tiene todo para prosperar: ubicación estratégica, recursos humanos, turismo, diáspora emprendedora. Lo que nos falta es decisión colectiva para poner orden, exigir rendición de cuentas y pensar más allá de la inmediatez política.
No podemos seguir atrapados en la improvisación. El momento de construir un país con instituciones firmes, ciudadanos responsables y un rumbo claro es ahora.
Porque si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará por nosotros.
