OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Escribo ahora… porque antes no podía.

No por falta de ideas, sino por exceso de responsabilidades. Mi vida como banquero me obligó a representar intereses, a medir palabras, a evitar incomodar. En ese mundo, opinar libremente no es valentía… es imprudencia. Y yo tenía demasiado que perder.

Pero hoy, liberado de esas ataduras, escribo sin filtros. No para agradar, sino para dejar constancia.

Porque lo que estamos viviendo merece ser dicho.

Nací en 1951, en una República Dominicana donde había orden. Sí, orden. Esa palabra que hoy parece incómoda, casi sospechosa. Un país donde la limpieza no era una campaña del ayuntamiento, sino una conducta diaria. Donde el respeto no se exigía… se daba.

Vivíamos con lo que teníamos.
No con lo que debíamos.

El famoso “librito”:
¿cuánto entró hoy? Entonces eso es lo que puedo gastar mañana.
Una lógica tan simple que hoy parecería revolucionaria.

No existía la tiranía de la inmediatez.
La vida no era urgente.

Irse de viaje era desaparecer. Las llamadas tardaban días. Los aviones eran un evento, no un autobús con alas donde hasta el agua se cobra. El piloto era una figura respetada, no un empleado invisible detrás de una puerta cerrada.

Las familias trabajaban… y vivían.
Se iba a la finca, se cuidaba la tierra, se entendía el valor del esfuerzo.

Las noticias no gritaban. Llegaban.

Era otro mundo. Más lento, sí… pero más humano.

Hoy, en cambio, vivimos en una carrera sin meta.
Todo es inmediato, todo es urgente… y nada parece suficiente.

La democratización —necesaria, sin duda— trajo libertades. Pero también abrió la puerta a un fenómeno que preferimos no nombrar: la pérdida progresiva del orden, del respeto y de la responsabilidad individual.

Confundimos libertad con descontrol.
Progreso con ruido.
Derechos con impunidad.

Y en ese proceso, fuimos desmontando, pieza por pieza, lo que sí funcionaba.

Lo que fue… ya no existe.

Pero lo más preocupante no es eso.
Es que hemos decidido borrar la memoria.

Hoy parece que todo lo pasado fue atraso.
Que nada valía la pena.
Que todo debía ser reemplazado.

Grave error.

Ni todo lo viejo era bueno…
ni todo lo nuevo es mejor.

Por eso escribo.

Para incomodar, si es necesario.
Para recordar que sí existió un país más ordenado, más sobrio, más coherente.
Para dejar constancia de que el caos no es destino… es elección.

Y porque sé que cuando mis nietos lean esto, probablemente dirán:
“Qué atrasado era todo…”

Y tendrán razón… desde su mundo.

Pero ojalá también se pregunten algo más incómodo:
¿cómo era posible que, con tan poco… se viviera mejor?

Porque la verdadera tragedia no es que el país haya cambiado.
Es que no sepamos distinguir qué debimos conservar.

Ese es el debate pendiente.

Y alguien tenía que decirlo.