OPINIÓN, PATRICIA SÁNCHEZ DEL CASTILLO.- La migración forma parte de la historia dominicana. Desde hace décadas, cientos de miles de dominicanos han hecho maletas, abrazado fuerte a sus seres queridos y tomado un vuelo hacia lo desconocido con la esperanza de un futuro mejor. Sin embargo, entre estadísticas y discursos públicos, suele quedar en el olvido una dimensión profundamente humana y psicológica: el duelo migratorio, esa mezcla de nostalgia, pérdida y reconstrucción que viven quienes se van.
A diferencia de otros duelos, el migratorio no responde a una muerte física, sino a la despedida de una vida completa: la tierra que nos vio nacer, crecer, el idioma cotidiano, el sazón familiar, la música que nos vibra, incluso la manera en que éramos entendidos sin necesidad de explicar nada. Es un duelo parcial, intermitente y muchas veces invisible, porque quien migra sigue viviendo… pero lo hace entre dos mundos.
Muchos dominicanos viven en el exterior, desde Madrid hasta Nueva York. Según el Banco Mundial, más de 2.5 millones de dominicanos residen fuera del país, lo que representa cerca del 22% de la población nacional. Y en Estados Unidos, donde reside la mayor diáspora, los dominicanos constituyen una de las comunidades de más rápido crecimiento, con casi 2.4 millones de personas de origen dominicano según el U.S. Census Bureau (2023).
Y lo que no se mide con el mismo interés es el impacto emocional y psicosocial que experimentan quienes dejan su país. Describen una sensación que se parece a estar “fuera de lugar”. No es solo extrañar; es la pérdida del ritmo. En el patio los familiares siguen celebrando cumpleaños sin ellos, los sobrinos crecen, los padres envejecen, la vida continúa en un país que se siente cada vez más cercano y distante al mismo tiempo. Para algunos, regresar se convierte en un sueño; para otros, en un miedo, porque ya no saben si caben allí o acá.
El duelo migratorio también se expresa en silencios
En quienes no cuentan lo difícil que ha sido adaptarse por miedo a decepcionar a la familia que espera “que les vaya bien”. En los que esconden la soledad detrás de fotos sonrientes enviadas por WhatsApp. En los que llevan años sin ver el mar Caribe pero lo sienten como una especie de brújula interna que nunca se apaga.
Pero este duelo no solo entraña pérdidas; también revela una extraordinaria capacidad de resiliencia. Quien migra aprende, con el tiempo, a construir puentes: entre culturas, entre idiomas, entre versiones de sí mismo. Aprende que se puede querer a dos países al mismo tiempo, que la identidad no es estática y que las raíces pueden extenderse sin romperse.
La República Dominicana también vive su propio duelo, al ver partir a tantos. Pero en vez de mirar la migración solo como un fenómeno económico o social, es necesario reconocer la dimensión emocional que acompaña a quienes dejan el país. Comprender esto nos permite ser una sociedad más empática, tanto con los que se van como con los que regresan, algo que hemos perdido como sociedad, pues regresamos llevando en la piel la mezcla compleja de dos mundos.
En tiempos donde las fronteras se discuten y la movilidad humana se observa con desconfianza, recordar el rostro humano de la migración es un acto de justicia. Porque cada dominicano que parte no solo busca oportunidades: también carga un duelo y emprende un proceso de transformación que merece ser visto, nombrado y acompañado.
