OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ.- Cuando regresé de mis estudios en Estados Unidos en 1972, inicié una relación con quien sería mi esposa durante casi cincuenta años. Con ella llegó también mi primera inmersión real —en carne propia y dentro de un mismo hogar— en las tensiones, rivalidades y cordialidades silenciosas que la Guerra Fría provocaba en ciertas familias dominicanas.

Ella tenía dos tios muy cercanos, ambos intelectuales, que se querían profundamente pero representaban polos totalmente opuestos del clima ideológico de la época. Uno de ellos era general en el gobierno de Balaguer, formado en los tiempos del generalísimo Trujillo y parte del aparato de seguridad que a su manera “combatía” la influencia comunista en el Caribe. El otro primo había emigrado a México por su oposición irreconciliable al régimen de Trujillo y por convicciones políticas que chocaban frontalmente con la línea oficialista de aquellos años.

Las conversaciones en la mesa familiar eran un espectáculo de altura

Mientras uno defendía con firmeza el anticomunismo, la seguridad del Estado y la visión continental de la Guerra Fría, el otro argumentaba a favor de la libertad política, la autodeterminación de los pueblos y las reformas sociales que en aquel momento dividían a medio planeta. Dos mundos enfrentados, dos doctrinas irreconciliables… pero dos primos que se querían.

Lo sorprendente era la elegancia con que debatían.
Ninguno levantaba la voz.
Ninguno ofendía al otro.
Cada uno defendía su parcela con convicción, cultura y una biblioteca en la cabeza. Y ambos eran capaces de relacionar la política dominicana —desde Balaguer hasta los primeros gobiernos del PRD— con referencias históricas, filosóficas y geopolíticas que hacían comprender mejor el mapa completo del país.

Fue un aprendizaje gratuito que atesoro hasta hoy

En esas tertulias descubrí que es posible pensar distinto sin romper la familia, que el respeto intelectual es una virtud rara y que en aquellos años —tan tensos y tan cargados de miedo— aún había espacio para el cariño y la admiración mutua.

Vivimos períodos difíciles hasta la caída del Muro de Berlín en 1989. Y aunque el mundo ha cambiado hacia una velocidad que ellos jamás imaginaron, sigo recordando esos debates como ejemplos de cómo se discute con dignidad y cómo dos personas, tan opuestas, pueden quererse profundamente.

Ambos primos siempre me apoyaron en mis inicios profesionales, con consejos sabios, referencias históricas y hasta apoyo moral y financiero. Por eso, cuando vuelvo a esas memorias, entiendo que la vida me regaló una verdadera cátedra de política, humanidad y convivencia. Eran tiempos distintos. Y también eran tiempos que vale la pena recordar.