OPINIÓN, FÉLIX CORREA, PARA 7 SEGUNDOS.- Un vehículo siniestrado no solo representa un daño material, representa un riesgo latente para la vida humana cuando no se evalúan correctamente sus condiciones antes de ser entregado.

Un chasis doblado compromete la estructura del vehículo, afecta su estabilidad y lo convierte en una amenaza en la vía. Sin embargo, existe una realidad aún más preocupante: un vehículo sin bolsas de aire es, en muchos casos, todavía más inseguro. La ausencia de estos sistemas de protección elimina una de las últimas barreras entre la vida y la muerte en un accidente.

Por tal motivo, un vehículo que no cumple con los estándares mínimos de seguridad no debería ser entregado por el taller al asegurado. No se trata únicamente de reparar para circular, se trata de garantizar condiciones seguras para preservar vidas.

Si bien es cierto que la comercialización de seguros, específicamente en el ramo de vehículos, estuvo afectada durante años por la gran cantidad de marcas restringidas, también es cierto que abrir el mercado sin establecer nuevas exigencias técnicas es, en sí mismo, una irresponsabilidad.

La apertura es necesaria. Negarla sería desconocer la realidad del parque vehicular y las dinámicas del mercado. Pero abrir no puede significar flexibilizar la seguridad. Muy por el contrario, implica asumir nuevas especificaciones adaptadas a esas marcas que hoy forman parte activa de nuestras calles.

No todos los vehículos responden a los mismos estándares de fabricación, ni cuentan con igual disponibilidad de piezas, ni garantizan los mismos niveles de protección en caso de siniestro. Ignorar esto desde la óptica del seguro es trasladar el riesgo directamente al usuario.

Las pólizas de seguros de vehículos suelen ser claras al establecer que no son responsables por piezas que no puedan ser suministradas por los diferentes suplidores. Sin embargo, aquí surge una contradicción que merece ser revisada con seriedad.

¿Qué es exactamente lo que estamos cubriendo cuando hablamos de un seguro contra todo riesgo?

Porque el verdadero riesgo no es solo el accidente. El riesgo también es que un vehículo permanezca más de seis meses en un taller por falta de piezas, o peor aún, que sea entregado incompleto, sin elementos esenciales de seguridad como las bolsas de aire.

Si el concepto de todo riesgo no incluye la garantía de que el vehículo será devuelto en condiciones seguras y completas, entonces estamos frente a una cobertura que necesita ser replanteada o, al menos, mejor explicada.

Aquí es donde surge una reflexión necesaria. La legislación en materia de seguros debe evolucionar. La nueva ley debería contemplar de forma explícita estos aspectos técnicos, estableciendo límites claros sobre qué vehículos pueden o no ser retornados a sus propietarios después de un siniestro.

No es un tema administrativo ni económico. Es un tema de seguridad vial y responsabilidad social.

La semana pasada, en el contexto de las estadísticas de accidentes, lesionados y fallecidos, quedó evidenciado que los esfuerzos institucionales, por más amplios que sean, no serán suficientes si no se corrigen las causas estructurales del problema. Se desplegó uno de los operativos de prevención más grandes, con el objetivo de evitar imprudencias que terminan en siniestros y, posteriormente, en tragedias lamentables.

Pero la realidad es clara. Nunca será suficiente.

Porque la prudencia no se puede imponer por decreto. Solo se logra cuando cambia la mentalidad de la gente.

Y mientras eso no ocurra, permitir que vehículos estructuralmente inseguros vuelvan a las calles es contribuir, silenciosamente, a que las estadísticas sigan creciendo.

Entiendo que falta mucho por hacer, pero no podemos dejar este tema fuera de los nuevos planteamientos para mejorar el sector. Debe convertirse en un punto latente dentro de las aseguradoras, aun cuando esto implique repensar el modelo actual.

Incluso, si es necesario asumir un aumento en el costo del seguro, especialmente en pólizas de todo riesgo, debe hacerse con un propósito claro: garantizar que lo que se promete en cobertura se traduzca realmente en seguridad para el asegurado.

Porque al final, el verdadero valor de un seguro no está en lo que cuesta, sino en lo que protege.