OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ.- Felicito sinceramente al gobernador del Banco Central de la República Dominicana, Héctor Valdez Albizu, y a todo su equipo técnico, por haber sido nuevamente galardonados con el Premio de Excelencia en el Manejo de los Bancos Centrales del Mundo. Este reconocimiento honra no solo su visión y prudencia, sino también la continuidad de una política monetaria que ha sabido preservar la estabilidad macroeconómica del país en tiempos desafiantes.
Sin embargo, este logro invita también a una reflexión histórica: ¿qué hubiera pasado si el presidente del cuatrienio 2000–2004 hubiese escuchado el consejo del gremio bancario y confirmado a Héctor Valdez Albizu al frente del Banco Central?
En ese momento, tras dos años de gestión junto al doctor Joaquín Balaguer y cuatro años con Leonel Fernández, Valdez Albizu acumulaba una comprensión profunda del sistema financiero dominicano. Tenía en sus manos un diagnóstico claro, sustentado en informes de técnicos como Aristóbulo de Juan, sobre las debilidades estructurales del sistema bancario. Entre ellas, la dolarización parcial del sistema financiero, que lo hacía vulnerable a deslizamientos cambiarios; la subcapitalización generalizada de los bancos; y la presencia de activos impropios —como medios de comunicación, aseguradoras y hoteles— que debieron ser segregados gradualmente del negocio bancario.
Si aquel diagnóstico se hubiese atendido con la prudencia técnica y la gradualidad que propuso Valdez Albizu, el país habría evitado la crisis bancaria del siglo XXI, que erosionó el ahorro nacional, destruyó patrimonios y dejó un déficit cuasifiscal cuyas secuelas aún pagamos.
Hubiera bastado, quizás, con su continuidad al frente del Banco Central para encauzar las reformas necesarias: forzar la capitalización de las entidades, promover fusiones responsables y abrir espacio a capitales nacionales e internacionales dispuestos a fortalecer el sistema. No se hizo. Se prefirió dejar que la crisis “resolviera” los problemas estructurales, y el resultado fue el colapso financiero más costoso de nuestra historia moderna.
Por eso, este premio que hoy recibe Valdez Albizu trasciende la categoría de un reconocimiento institucional: es también una reivindicación moral de su trayectoria. Le ha tocado, con admirable serenidad, recomponer los cimientos de una economía que no se le permitió consolidar cuando más se necesitaba.
Hoy, al celebrar este nuevo galardón, no puedo dejar de pensar que si se hubiese escuchado al gremio bancario —reunido entonces en casa de un destacado empresario durante el período de transición—, la historia económica dominicana sería distinta.
El déficit cuasifiscal sería inexistente, el sistema financiero más sólido, y el país ocuparía un lugar más alto en el escalafón del desarrollo regional.
Felicidades, gobernador, por su premio y por su legado. Pero sobre todo, por haber demostrado que la prudencia, la técnica y la integridad profesional son, al final, los verdaderos pilares del progreso nacional.
