OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ para 7 Segundos.- Decidí compartir este testimonio a raíz de un caso reciente que ha sacudido a la sociedad: un joven con trastornos mentales atacó a su padre y luego a vecinos, generando horror y reflexión en una torre de Naco. Nadie está exento. Estas historias no son ajenas ni distantes. Muchas familias viven realidades similares, solo que en silencio. Porque duele, porque da vergüenza, porque asusta. Pero hablarlo también puede sanar y prevenir.

En mi caso fue acompañar a un ser querido en su lucha contra una enfermedad mental combinada con la adicción no fue fácil. Menos aún cuando se trata de un hermano menor, el más vulnerable, el más protegido, pero también el más expuesto a los cambios sociales y afectivos que muchas veces no supimos o no pudimos manejar.

Humberto nació en Caracas, Venezuela, en el seno de una familia estable. Nuestro padre era funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo, y él llegó como el más pequeño de los hijos, con trece años de diferencia respecto a su hermano inmediato. Vivíamos en un entorno privilegiado, con educación, afecto y valores. Pero a veces, ni eso basta.

En 1972 regresamos a la República Dominicana. Humberto, con apenas 10 años, se integró a un colegio privado mientras retomábamos la vida en la casa materna de Gazcue, la misma que habíamos abandonado tras la caída del régimen de Trujillo en 1961. Todo parecía marchar bien, pero el país, la sociedad y los códigos familiares habían cambiado. Humberto, hijo de padres ya mayores, quedó expuesto a influencias que mis padres no supieron detectar a tiempo. Así empezó un camino silencioso hacia el consumo de drogas.

Las primeras señales llegaron disfrazadas de excusas: cosas que desaparecían en casa, candados en los clósets, cerraduras en la nevera, supuestas medidas para “controlar al servicio”. Pero el verdadero motivo era otro: una familia que empezaba a encubrir su vergüenza, su impotencia y su dolor. El diagnóstico llegó más tarde: esquizofrenia con delirio de persecución y adicción severa a las drogas.

Ya en la etapa adulta, la situación se volvió más angustiante. Mi hermano Rafael y yo nos casamos y salimos del hogar familiar; Humberto quedó viviendo con nuestros padres, quienes ya enfrentaban el peso de la edad y del desgaste emocional. Luis Eduardo, el mayor de todos, vivía soltero pero sufría también las consecuencias: trajes finos desaparecían, adornos se esfumaban, televisores “robados” por ladrones imaginarios según las versiones de Humberto. La angustia crecía y el deterioro era evidente.

Internamientos, tratamientos psiquiátricos, medicamentos costosos, promesas de cambio, recaídas. Nada resultaba. Humberto cayó en el consumo de todo tipo de sustancias: marihuana, cocaína, crack, heroína. El daño se hacía cada vez más profundo y permanente. Cuando nuestros padres murieron y también nuestro hermano mayor, decidimos vender la casa familiar y comprarle un pequeño apartamento, asegurándonos de que tuviera asistencia y vigilancia. La responsabilidad recayó sobre mí, como el hermano sobreviviente. Una cruz que llevé durante años, con el apoyo ocasional de otros familiares, pero con el peso total sobre mis hombros.

Aun así, el deterioro fue imparable. Cualquier ayuda económica significativa se convertía en riesgo, porque todo lo vendía o lo cambiaba. Incluso la comida terminaba siendo negociada por droga. El apartamento era un campo minado de objetos en descomposición y rastros de sustancias tóxicas. Su cuerpo, ya agotado por el abuso prolongado, colapsó. Humberto murió de un paro cardíaco, a cuatro días de cumplir los 61 años, solo, víctima de sus demonios y de un sistema que nunca supo cómo contenerlo.

Cumplí una promesa silenciosa hecha a mi madre, que en sus últimos días repetía con angustia: “¿Quién cuidará de Humberto cuando yo no esté?”. Esa responsabilidad la asumí con amor, con miedo, con rabia a veces, pero sobre todo con una profunda conciencia de que no podía —ni debía— abandonarlo.

Esta es una historia de lucha, dolor y dignidad. No tiene un final feliz, pero sí tiene una verdad poderosa: acompañar, aunque sea difícil, es una forma de amor. Y a veces, solo compartirlo ya es una forma de consuelo para quienes sienten que están solos. No lo están.