OPINIÓN, FÉLIX CORREA, PARA 7 SEGUNDOS.- Las calles están llenas de basura en toda la capital. No hay forma de pasar por una esquina sin toparse con un vertedero improvisado. Fundas plásticas rotas, desperdicios regados en las aceras y un hedor permanente forman parte del trayecto diario de nuestros hijos camino a la escuela, de los trabajadores que salen temprano y de los envejecientes que apenas pueden esquivar los desechos.
Esta escena, repetida barrio tras barrio, no es producto de un desastre natural ni de una situación extraordinaria. Es la consecuencia directa de la irresponsabilidad, la falta de autoridad y, sobre todo, del cálculo político.
La gestión de la basura se ha convertido en una víctima silenciosa del populismo. Así como vemos basura acumulada en las calles, también vemos a políticos en abierta comunión con influencers cuyas redes están llenas de basuras verbales. No les interesa la limpieza ni la salud colectiva, sino que la popularidad los arrope. Al final, lo único que parece importar es asegurar el voto, no recoger los desperdicios ni ordenar la ciudad.
Nadie quiere tomar decisiones impopulares, aunque sean necesarias. Nadie quiere aplicar sanciones, exigir cumplimiento de horarios, regular vertederos improvisados ni ordenar el caos, porque todo eso “resta simpatías”. Así, el precio de la popularidad política lo estamos pagando en salud, en dignidad y en calidad de vida.
La basura no solo afea la ciudad. Es un problema de salud pública. Atrae ratas, cucarachas y mosquitos; contamina cañadas y drenajes, agrava las inundaciones y propicia enfermedades que luego colapsan un sistema de salud ya sobrecargado. Lo que no se invierte en prevención y orden, se termina pagando en hospitales y funerarias.
También hay una cuota de responsabilidad ciudadana que no puede ignorarse. Tirar basura en cualquier esquina, sacar los desechos a cualquier hora o justificar el desorden porque “todo el mundo lo hace” nos convierte en parte del problema. Sin embargo, la educación y la disciplina social no nacen solas: se construyen con reglas claras, autoridad firme y consecuencias reales.
Un municipio limpio no es el que más discursos pronuncia sobre medio ambiente, sino el que hace cumplir las normas. El que organiza rutas eficientes de recolección, promueve la separación de residuos, sanciona a quienes violan la ley y educa de manera constante. Eso requiere carácter, planificación y una visión que vaya más allá del próximo proceso electoral.
Mientras la basura siga siendo utilizada como moneda de cambio político —te recojo hoy, te tolero mañana, te prometo pasado— las calles seguirán siendo vertederos y los ciudadanos rehenes del desorden.
Apena ver a algunos alcaldes aspirar a presidir el país cuando se les hace tan difícil gobernar una pequeña parte de la ciudad. La incapacidad para mantener limpias y ordenadas sus propias demarcaciones dice mucho más que cualquier discurso o promesa de campaña. Conviene recordar aquella cita bíblica que muchos repiten pero pocos practican: “quien es fiel en lo poco, será fiel en lo mucho”.
Gobernar no es complacer siempre; es tomar decisiones difíciles por el bien común. La pregunta no es si la ciudad puede limpiarse, sino quién está dispuesto a pagar el costo político de hacerlo bien. Porque la basura que hoy vemos en las aceras es, en realidad, el reflejo de una falta de voluntad para imponer orden y responsabilidad.
Hasta que eso no cambie, seguiremos caminando entre desperdicios, respirando indiferencia y enseñando a nuestros hijos que el caos es normal. Y ese, sin duda, es el precio más alto que una sociedad puede pagar.
