OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ.- Nací en plena dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, cuando el país vivía entre el miedo, la obediencia forzada y una estabilidad impuesta por la fuerza. En aquel tiempo, la infancia se formaba bajo los retratos del “Jefe” y los ecos de un poder absoluto que parecía eterno. Pero en 1961, la historia cambió su curso: el ajusticiamiento de Trujillo sacudió a toda una nación, y con él, comenzó mi propio itinerario por los vaivenes de América Latina y de Estados Unidos.

Ese mismo año, mi familia partió a Puerto Rico buscando la tranquilidad que en Santo Domingo ya no existía. En 1962 nos trasladamos a Washington D. C., en una América llena de ideales kennedianos y tensiones de Guerra Fría. Desde allí, seguíamos a distancia los titubeos de una patria que ensayaba su primera democracia moderna entre golpes de Estado y sueños de renovación.

Entre 1963 y 1965, la familia se trasladó a Venezuela, una nación que vivía un momento de esperanza bajo la presidencia de Raúl Leoni, sucesor de Rómulo Betancourt, en el marco de una democracia vibrante y con una economía petrolera en expansión. Aquella experiencia nos mostró otra cara de América Latina: la de un país que, a pesar de sus diferencias sociales, apostaba por el civismo, la educación y la estabilidad institucional.

Durante ese mismo período cursé estudios en la Massanutten Military Academy, en Woodstock, Virginia. Aquellos años marcaron mi formación disciplinaria y mi contacto con valores como el orden, la responsabilidad y el liderazgo. Desde los dormitorios de la academia escuché las noticias que estremecían al mundo: la caída de Juan Bosch, la intervención militar en Santo Domingo y el asesinato del presidente John F. Kennedy, un golpe moral que marcó a toda una generación.

En 1965 mi familia se trasladó a Quito, Ecuador, donde permanecimos hasta 1968. Fueron años de aprendizaje y descubrimiento en una nación de volcanes, cultura ancestral y profundas contradicciones sociales. De allí partimos a Nicaragua, bajo la dictadura de Anastasio Somoza, donde conocí otro rostro del poder absoluto: el orden impuesto por el miedo.

En 1968 viajé a Indiana, Estados Unidos, para cursar mis estudios universitarios, y en 1972 regresé definitivamente a la República Dominicana. Mi carrera profesional comenzó en la banca internacional, y poco después fui asignado a Puerto Príncipe, Haití, cuando aún gobernaba Baby Doc el hijo de François “Papa Doc” Duvalier. Aquella experiencia, a escasos kilómetros de mi tierra natal, me mostró dos mundos separados por una frontera, pero también por siglos de desigualdad y heridas históricas aún abiertas.

Hoy, al mirar atrás, comprendo que mis primeros veinticinco años no fueron solo un recorrido geográfico, sino una travesía humana e histórica. Viví entre dictaduras, exilios, esperanzas democráticas y contrastes sociales. Fui testigo de cómo las ideologías moldeaban destinos y de cómo el miedo y la fe convivían en un mismo continente que aún buscaba su identidad.

Esa generación aprendió que la libertad no se recibe: se conquista y se cuida. Y que la historia —vivida en carne propia— enseña más que cualquier libro.