OPINIÓN, LUIYI ESPINOSA.- Soy nacionalista. Como muchos otros que visten de negro y llevan un logo amarillo en sus gorras y pecho, creo en la defensa firme de nuestra soberanía, de nuestras leyes y de nuestra identidad como pueblo. Pero también creo, con igual convicción, que ese nacionalismo no puede perder su norte: la justicia, la legalidad y el respeto a la dignidad humana.

Hay sectores que, bajo la bandera del patriotismo, han adoptado posturas extremas que rozan la persecución. Y es ahí donde tengo que marcar distancia. Esta lucha no es contra seres humanos, sino contra la ilegalidad. Nuestro reclamo es claro: los extranjeros deben entrar al país de forma regular, con documentos en orden y respetando nuestras normas.

Pero dentro de ese mismo marco legal debemos tener bien presente una verdad irrefutable: si una persona extranjera está legalmente en el país y tiene hijos con un dominicano o una dominicana, esos hijos son dominicanos. No hay debate. No podemos permitir que se les trate como si fueran extranjeros, como si no tuvieran derecho a la tierra donde nacieron o donde uno de sus progenitores ha echado raíces. Rechazar su dominicanidad es ir en contra de la Constitución, de la justicia y de los principios más básicos de humanidad.

Y es por eso que quiero referirme al caso reciente de Harold Zances. Se ha desatado una cacería injusta en su contra, simplemente por sus raíces. Pero Harold es dominicano. Ha servido al país con dignidad en el ámbito exterior, y ha demostrado conocer a profundidad el conflicto dominico-haitiano. Su compromiso con la nación no debería ponerse en duda por el lugar de origen de sus padres. Pretenderlo no solo es absurdo, sino peligroso para nuestra convivencia democrática.

El nacionalismo que defiendo no es odio, es orden. No es persecución, es soberanía. Todos debemos cumplir con la ley, sí. Pero no podemos permitir que la ley sea utilizada como excusa para excluir a los nuestros, para negar derechos o para fomentar discursos discriminatorios.

La defensa de la patria no puede nublar nuestra conciencia ni despojarnos de sentido común. Esta lucha por una inmigración ordenada debe ir de la mano con el reconocimiento pleno de los derechos de quienes son, por nacimiento o por vínculo, parte de esta nación. Los hijos de haitianos y haitianas con dominicanos y dominicanas también son parte de nuestro pueblo. No olvidemos que ellos, como tú y como yo, son dominicanos.