OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- La conversación surgió, como suelen surgir las mejores ideas, después de un magnífico juego de golf, cuando el ruido baja y la historia se deja pensar sin consignas. Sostengo —y lo argumentamos largamente— que si no hubiera existido la Revolución Cubana, el ascenso de John F. Kennedy al poder y el fracaso de la Invasión de Bahía de Cochinos, difícilmente se habría creado la urgencia internacional de eliminar la dictadura dominicana. No por altruismo democrático, sino por necesidad estratégica.
Hasta 1959, el Caribe era —para Washington— un tablero incómodo pero controlable. Las dictaduras “amigas” eran toleradas como mal menor frente al comunismo. La irrupción de Castro lo cambió todo: una revolución triunfante a 90 millas de Florida, con vocación exportadora y retórica mesiánica, convirtió a la región en caldo de cultivo para lo que en la Guerra Fría se llamaba sin ambages “religiones de izquierda”: movimientos que mezclaban épica, redención social y alineamiento soviético.
Kennedy heredó ese terremoto. Su juventud y su retórica modernizadora chocaron con una realidad cruda: Bahía de Cochinos fracasó y dejó a Estados Unidos sin margen. La derrota no solo fortaleció a Castro; envalentonó a los movimientos afines en toda América Latina. A partir de ahí, cada dictadura caribeña dejó de ser un problema local para convertirse en una variable sistémica: si caía, ¿en manos de quién caía?
En ese contexto, la República Dominicana ocupaba un lugar singular. Por tamaño, ubicación y simbolismo, no podía “irse” a la órbita ideológica que ya controlaba Cuba. Para Washington, permitir otro enclave revolucionario en el Caribe era estratégicamente inaceptable. Y aquí está el nudo del argumento: la dictadura dominicana pasó de ser tolerable a ser peligrosa. No por sus abusos —que eran conocidos— sino porque su desgaste interno abría la puerta a una alternativa radicalizada. La inercia autoritaria, lejos de contener a la izquierda, la fertilizaba.Así, la “urgencia” no fue moral sino geopolítica. Entre mantener un régimen agotado y arriesgar un vacío que pudiera llenar el castrismo, Estados Unidos se quedó sin opciones intermedias. La ecuación se volvió binaria: o se gestionaba una transición controlada, o se corría el riesgo de otro 1959. La historia demuestra que, cuando la Guerra Fría estrechaba el cerco, las decisiones se tomaban por prevención, no por virtudes.
Esta lectura no absuelve a nadie ni reescribe culpas; explica incentivos. La política exterior no se mueve por simpatías, sino por costos y riesgos. Y en el Caribe de inicios de los sesenta, el mayor riesgo era la repetición del modelo cubano. La dictadura dominicana, paradójicamente, se convirtió en el obstáculo para evitarlo.
Aquella charla post-golf concluyó con una certeza incómoda: la historia del país no puede entenderse sin ese triángulo La Habana–Washington–Santo Domingo. La caída del régimen no fue un rayo ético en cielo despejado; fue el resultado de una urgencia estratégica creada por la Revolución Cubana, el fracaso de Bahía de Cochinos y la necesidad de Kennedy de cerrar el flanco caribeño. En geopolítica, a veces, la democracia llega no por convicción, sino por cálculo.
