OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Hoy 14 de mayo de 2026 escribo con el corazón profundamente entristecido, con los ojos aguados y con esa sensación de incredulidad que deja la partida repentina de un amigo verdadero. Se nos ha ido el arquitecto José Antonio Caro Ginebra, nuestro querido Tony Caro, y con su partida no solo pierde su familia a un esposo, padre, abuelo y pilar; también pierde la sociedad dominicana a uno de sus hombres más completos, distinguidos y auténticos.
Tony fue, sencillamente, un hombre de clase. Pero no de esa clase impostada que se exhibe para aparentar, sino de la que nace de la educación, de la cultura, del buen gusto, de la disciplina y de una elegancia natural que jamás necesitó arrogancia para imponerse. Donde Tony estaba, había presencia, había categoría, había conversación inteligente, había humor fino y había humanidad.
Se distinguió en todas las áreas donde incursionó. Como arquitecto, dejó huellas de creatividad, visión y estética. Como empresario y hombre del mundo financiero, supo aportar con criterio y responsabilidad. Recuerdo con gratitud que durante la crisis bancaria, desde su posición, trató de tender puentes y ayudar en circunstancias muy complejas relacionadas con el Banco Mercantil, gesto que nunca olvidaré. La vida, con sus ironías, quiso que años después el BHD terminara beneficiándose de importantes activos de aquella historia.
Pero reducir a Tony a sus éxitos profesionales sería una injusticia.
Tony era un ciudadano del mundo. Conocedor de los rincones más apartados del planeta, viajero experimentado que mi fallecida esposa Dania siempre consultaba antes de un viaje para saber que conocer y donde comer bien, amante del buen vivir en su expresión más refinada. Sabía de vinos, de gastronomía, de protocolo, de etiqueta, de cómo recibir, de cómo servir, de cómo hacer sentir especial a un invitado. Junto a su querida esposa Rosalía formaban una dupla extraordinaria de anfitriones. Abrían su hogar con elegancia y calidez, cuidando hasta el más mínimo detalle. Rosalía, incluso, plasmó parte de ese arte en publicaciones culinarias que reflejan ese estilo de vida compartido.
Pero detrás de toda esa sofisticación había un hombre profundamente humano.
Era familiar, amoroso, leal a sus principios, amigo del amigo, sin prepotencia, sin poses, sin necesidad de demostrar nada. Su sencillez era una de sus mayores fortalezas.
En el deporte también supo reinventarse. Disfrutó el tenis por años y luego abrazó el golf con entusiasmo. En La Romana Country Club era una figura entrañable. Su foursome era conocido cariñosamente como “el grupo monárquico”, precisamente porque Tony ejercía una especie de decanato natural entre sus miembros. En varias ocasiones tuve el privilegio de ser invitado como suplente cuando faltaba alguien, y recuerdo especialmente una ronda hace apenas dos meses donde más que jugar golf, disfruté una magistral conversación de vida, viajes, humor y anécdotas.
Tan agradable era compartir con él, que cuando me integraba a ese grupo, mis compañeros habituales me reclamaban en tono jocoso que había “traicionado” al grupo para jugar con la monarquía dominicana. Ese era Tony: un hombre alrededor del cual se tejían amistades, bromas sanas, camaradería y recuerdos.
En los chats era pícaro, ingenioso, siempre aportando esa chispa que arrancaba carcajadas. Fue además impulsor de tradiciones sociales dentro del golf, incluyendo dinámicas que hoy forman parte de la cultura amistosa del LRCC.
Su esposa, sus hijos y sus nietos eran su verdadera prioridad. Ahí estaba su esencia.
Tony fue un hombre que entendió que el éxito no era acumular, sino vivir bien; no aparentar, sino compartir; no imponerse, sino inspirar.
Hoy lo describo como lo que verdaderamente fue: un pasajero de lujo en este mundo.
Un hombre que enseñó a muchos lo que significa la verdadera etiqueta, no solo en la mesa, sino en la vida. Porque la mejor etiqueta es tratar bien a los demás, saber escuchar, mantener el humor, cultivar amistades, ser leal y vivir con dignidad.
Su partida repentina nos deja en shock. Hace apenas horas nadie imaginaba este desenlace. Así de frágil es la vida.
Tony hará una falta inmensa a su querida Rosalía, a sus hijos, a sus nietos, a su familia extendida, a sus amigos, a la familia BHD, al mundo empresarial, a sus compañeros de golf, a quienes aman el buen vino, la buena conversación y la buena mesa.
Pero, sobre todo, hará falta su presencia.
Gracias, querido Tony, por tu amistad. Gracias por las conversaciones, por las risas, por las enseñanzas silenciosas, por permitirme en ocasiones formar parte de ese selecto y divertido grupo monárquico.
Misión cumplida.
Descansa en paz, querido amigo.
Te recordaremos siempre.
