OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, exdirectivo de la Confederación Patronal de la República Dominicana para 7 SEGUNDOS. – Uno de los temas que sigue generando un debate necesario, aunque a veces incómodo, es el impacto de la figura de la cesantía establecida en nuestro Código de Trabajo. Aunque concebida con el fin de proteger al trabajador al momento de su desvinculación laboral, esta disposición ha devenido, con el paso del tiempo, en una de las principales retrancas para la modernización del aparato productivo nacional.

La cesantía —ese monto acumulado por años de servicio— representa hoy un pasivo creciente que grava las finanzas de las empresas dominicanas, afectando seriamente su capacidad de innovación, reconversión tecnológica y reinversión. En muchos casos, este pasivo laboral es tan elevado que impide sustituir personal que, por razones tecnológicas, ya no aporta de manera eficiente al proceso productivo, pero que no puede ser desvinculado sin poner en riesgo la viabilidad financiera de la empresa.

Varias industrias del país han quedado atrapadas en este dilema: si innovan, deben asumir enormes costos de cesantía; si no lo hacen, se rezagan frente a la competencia internacional. La consecuencia ha sido una especie de “atrofia estructural” del tejido productivo, donde lo obsoleto, tanto en maquinaria como en fuerza laboral, permanece por falta de alternativas viables.

Sabemos que este es un terreno sensible. El componente humano debe ser protegido, sin duda, pero también es cierto que el mundo ha cambiado y que los modelos laborales rígidos, pensados en otro siglo y bajo otra realidad, pueden condenar al país a la pérdida de competitividad. No es casual que las principales economías del mundo no contemplen una figura de cesantía como la nuestra. Han optado por esquemas más dinámicos que favorecen tanto la productividad como la seguridad del trabajador a través de mecanismos de seguros de desempleo, fondos de pensiones portables, y políticas activas de reentrenamiento.

El dilema, entonces, no es cesantía sí o no, sino cómo garantizar los derechos del trabajador sin estrangular al empleador. ¿Podemos encontrar un modelo alternativo que brinde protección sin convertirse en un obstáculo para el desarrollo empresarial?

Como exdirectivo de la Confederación Patronal y habiendo trabajado estrechamente con figuras visionarias como don Heriberto De Castro, conozco de primera mano los desafíos que enfrentan las empresas dominicanas frente a esta realidad. El país no puede seguir postergando decisiones fundamentales. Las reformas no pueden ser eternamente aplazadas por temor al debate o al ruido mediático. La cesantía, tal como está concebida, ha devenido en un lastre y requiere una revisión profunda, dialogada y responsable.

Es hora de dejar de acumular decisiones difíciles para el futuro. El momento de discutir y reformar es ahora, antes de que el peso del pasado nos impida avanzar. La República Dominicana necesita un marco laboral moderno, competitivo y justo, que permita al país crecer con inclusión, pero también con eficiencia.