OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia.- Vivimos una era de avances tecnológicos extraordinarios en la banca. Cada día surgen nuevos productos financieros, plataformas digitales y soluciones impulsadas por inteligencia artificial que transforman radicalmente la experiencia del cliente y la eficiencia de las instituciones financieras. Sin embargo, junto con ese progreso, también crece de forma acelerada el riesgo operacional y la sofisticación de la ciberdelincuencia.

Hoy, las amenazas ya no provienen de improvisados. Se trata de estructuras altamente especializadas, con capacidades técnicas comparables —y en algunos casos superiores— a las de quienes intentan defender los sistemas. El ciberdelito se ha convertido en una industria global, silenciosa, rentable y en constante evolución.

En algunas economías avanzadas, la respuesta ha sido pragmática: incorporar talento con profundo conocimiento ofensivo, incluso personas que en algún momento cruzaron la línea de la legalidad, siempre dentro del marco institucional correspondiente. La lógica es simple: para anticipar al atacante, primero hay que entender cómo piensa.

Esto nos obliga a formular una pregunta incómoda, pero necesaria:

¿Estamos utilizando realmente las mejores mentes disponibles para proteger nuestro sistema financiero, o seguimos enfrentando amenazas del siglo XXI con estructuras mentales del siglo XX?

La reflexión no pretende justificar conductas ilícitas. Pretende abrir un debate serio sobre estrategia, innovación y capacidad de adaptación. Porque la realidad es que el atacante digital no descansa, no pide autorización y no reconoce fronteras.

Mientras nosotros seguimos fortaleciendo protocolos tradicionales, ellos experimentan, aprenden, mutan y perfeccionan sus métodos con velocidad implacable.

Es posible que parte del talento capaz de anticipar estas amenazas esté siendo subestimado, desaprovechado o fuera del radar institucional. El reto no es solo tecnológico; es conceptual. Defender el sistema financiero moderno exige pensar diferente.

No basta con construir murallas digitales. Hay que ponerlas a prueba todos los días. Simular ataques. Usar inteligencia artificial defensiva. Analizar comportamientos anómalos en tiempo real. Formar talento de élite. Crear cultura de prevención.

Porque la amenaza no es hipotética.

Es real. Está activa. Está aprendiendo.

Y quizás el mayor peligro no sea el hacker que intenta entrar…

Sino nuestra lentitud para evolucionar antes de que lo logre.