OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Durante siglos, la diplomacia estuvo reservada para embajadores, cancilleres y funcionarios de carrera. Las relaciones entre los Estados se construían mediante reuniones discretas, notas diplomáticas y conferencias internacionales. Sin embargo, el mundo ha cambiado. Hoy, un video de un minuto en TikTok puede tener más impacto que un discurso pronunciado desde un podio oficial.
La noticia de que Estados Unidos estaría incorporando influencers a su estrategia diplomática no debe sorprendernos. Más bien confirma una realidad que ya venía gestándose: el poder de influir ha migrado de las instituciones hacia las plataformas digitales.
En el siglo pasado, los grandes periódicos, la radio y la televisión eran los principales intermediarios entre los gobiernos y la ciudadanía. Quien controlaba esos canales tenía una enorme capacidad para moldear la opinión pública. Hoy ese monopolio prácticamente ha desaparecido. Cualquier persona con credibilidad, creatividad y un teléfono inteligente puede construir una audiencia de millones de seguidores.
Esta transformación obliga a replantear el concepto de poder. Ya no basta con tener la economía más fuerte o el ejército más poderoso. También es indispensable ganar la batalla de la percepción, de la narrativa y de la confianza. En ese escenario, los influencers se convierten en actores estratégicos capaces de acercar un mensaje oficial a públicos que difícilmente escucharían a un diplomático.
No obstante, esta tendencia también plantea desafíos importantes. La diplomacia tradicional está sujeta a normas, protocolos y responsabilidades institucionales. Los creadores de contenido, en cambio, operan con mayor libertad y responden, principalmente, a su audiencia. La línea que separa la comunicación institucional de la propaganda puede volverse difusa si no existe transparencia sobre quién financia o promueve determinados mensajes.
Lo que estamos presenciando es el nacimiento de una diplomacia híbrida. Los embajadores seguirán siendo indispensables para negociar tratados, resolver conflictos y representar oficialmente a sus países. Pero, al mismo tiempo, los gobiernos buscarán aliados digitales capaces de influir en la conversación global.
Este fenómeno trasciende a Estados Unidos. Tarde o temprano, muchos países seguirán el mismo camino, porque comprendieron que la competencia ya no solo se libra en las mesas de negociación, sino también en las redes sociales, donde cada publicación puede fortalecer o debilitar la imagen de una nación.
Quizás dentro de algunos años recordemos esta etapa como el momento en que la diplomacia dejó los salones oficiales para entrar definitivamente al mundo digital. Porque, en el siglo XXI, la influencia se ha convertido en una forma de poder, y quien logre construir credibilidad ante millones de personas tendrá una ventaja estratégica tan valiosa como la económica, la tecnológica o la militar.
La gran pregunta ya no es si los influencers participarán en la diplomacia. La verdadera pregunta es quién sabrá utilizarlos con inteligencia, ética y credibilidad para representar los intereses de un país sin sacrificar la confianza del público.
