OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Desde mi salida de la universidad en 1972 en Estados Unidos he vivido —con curiosidad, disciplina y humildad— cada una de las grandes olas tecnológicas que han ido transformando el mundo. No como espectador pasivo, sino como profesional activo que entendió temprano que adaptarse no era una opción, sino una obligación intelectual. La tecnología ha cambiado los métodos, los ritmos, los lenguajes y hasta la forma en que pensamos, y cada día lo hace con mayor velocidad.
Mi ejercicio profesional, mis hábitos de estudio y la experiencia acumulada me llevaron a incorporar la tecnología como una herramienta de trabajo, no como un fin en sí mismo. Con ella llegaron enormes potencialidades, pero también una verdad que a veces se ignora: toda herramienta poderosa exige un protocolo ético de uso.
Hace poco viví una experiencia que me dejó una enseñanza clara. Utilizando tecnología de edición de imágenes, modifiqué una fotografía de un grupo de queridos amigos: en una ocasión cambié su atuendo de golf por vestimenta de la monarquía española; en otra, por trajes de baño. Todo se compartió únicamente en un chat privado, en un contexto de relajo entre amigos. Sin embargo, la reacción fue negativa. Aprendí —con respeto y humildad— que no todos los relajos tecnológicos son bien recibidos, que la percepción es tan importante como la intención, y que incluso en espacios íntimos hay sensibilidades que debemos cuidar. Pedí disculpas, como corresponde, y asumí la lección: la tecnología no exime del tacto humano.
Esa vivencia me llevó, una vez más, a observar el comportamiento humano frente a lo nuevo, un ejercicio que me ha acompañado toda la vida. Desde hace décadas los correctores de estilo digitales, las herramientas de edición y ahora la inteligencia artificial forman parte del ecosistema de escritores y medios de comunicación. Cada día son más potentes, más precisas y más influyentes. Bien usadas, elevan la calidad del contenido; mal empleadas, pueden trivializarlo o herir sin necesidad.
En esta etapa de mi vida, marcada por el retiro profesional, por haber acompañado durante cinco años una enfermedad oncológica catastrófica de mi esposa y por el tránsito sereno —pero profundo— de la viudez, la tecnología me ha regalado algo invaluable: tiempo y soporte para escribir. He decidido usar ese tiempo para construir mis memorias de una forma distinta. No como una sola obra lineal, sino como un conjunto de artículos independientes, que voy recopilando y que abarcan todas las áreas de mi vida, de mi país y de la época que me ha tocado vivir.
Estos textos hablan de éxito profesional y de fracaso; de banca y de crisis financieras; de juicios, prisiones y procesos legales; de familia, luto y enfermedad; de viajes, amistad y deporte; de gremios, gestión pública y vida universitaria. Algunos no entienden esa diversidad temática y, a veces, la interpretan mal. Pero mi propósito es claro: hacer un compendio honesto de lo vivido, para que cada lector encuentre aquello que conecte con su propia realidad.
Mi intención es completar ese compendio en vida. Si no me alcanzara el tiempo, he pensado pedirles a mis hijos que reúnan todos esos artículos —publicados en distintas plataformas, especialmente en 7 Segundos Multimedia y X— y los clasifiquen por temas. Pero, si Dios lo permite, prefiero hacerlo yo mismo, como un acto consciente de cierre y entrega.
No uso la tecnología para denostar ni para provocar. La uso con propósito. No quisiera irme sin dejar ese legado, del mismo modo que cada semana, en la universidad, comparto con las nuevas generaciones lo que la vida me enseñó en los ámbitos bancario, administrativo, gremial y legal. Lo que no aprendí en los libros, lo aprendí viviendo.
La tecnología ha sido una aliada en este camino. Sé usarla, sí. Sé sacarle provecho, también. Pero sobre todo, sé que su verdadero valor está en servir a una causa mayor: preservar la memoria, compartir la experiencia y dejar huellas útiles para otros.
Ese es, en esencia, mi propósito.
