OPINIÓN, POR ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Hay un cansancio que no se ve, pero que todos cargamos. Una especie de peso en el pecho que no viene de correr ni de trabajar, sino de vivir en un país que nunca se detiene. Una fatiga silenciosa que no se cura con un fin de semana libre ni con dormir un poco más. La llevamos encima como si fuera parte natural del día: respiramos hondo, nos ajustamos la ropa, y seguimos.
Somos una sociedad que funciona —como dice Byung-Chul Han— en “modo rendimiento”. Siempre acelerados, siempre resolviendo, siempre apagando fuegos. Y en ese ritmo frenético, el dominicano se ha vuelto un experto en sobrevivir, pero no necesariamente en vivir.
Cansamos el cuerpo… pero más cansamos el alma.
Nos levantamos temprano, lidiamos con el estrés del trabajo, las responsabilidades familiares, las deudas, las enfermedades propias o ajenas, el duelo que no se cura, el tráfico, las noticias que abruman, el celular que nunca calla. Y aun así, seguimos sonriendo para no preocupar a los demás. Somos, sin darnos cuenta, una nación de gente valiente con corazones agotados.
La fatiga invisible se nota en pequeños detalles: en quien ya no atiende llamadas, en quien se irrita por cualquier cosa, en quien se aísla, en quien no tiene ánimo para celebrar nada, en quien se siente “vacío” aunque todo parezca estar en orden. Se nota en la mirada perdida de un abuelo, en la desesperanza de un joven, en la madre que hace más de lo que puede, en el profesional que trabaja más horas de las que su cuerpo tolera.
Pero lo más doloroso es que muchos sienten que no pueden parar. Que si se detienen, se caen. Que si descansan, pierden. Que si dicen “no puedo más”, se convierten en una carga.
El dominicano, sin darse cuenta, vive exigiéndose más de lo que la vida humana permite.
Es hora de hablar de esto. De decir en voz alta que el cansancio emocional no es debilidad. Que la tristeza silenciosa no es falta de carácter. Que pedir ayuda no es rendirse. Que llorar no es retroceder. Que descansar no es un pecado. Que cuidarse es, incluso, un acto de responsabilidad familiar.
Somos un país con mucha alegría, sí. Pero también con mucho dolor guardado.
Y quizá la mayor valentía de nuestra época no sea seguir corriendo, sino aprender a detenernos. A respirar. A soltar culpas. A escuchar nuestro cuerpo y nuestro espíritu. A reconocer que dentro de cada dominicano que sonríe, hay una historia compleja, un cansancio acumulado y una batalla interior que nadie más ve.
La fatiga invisible no se combate con fuerza, sino con humanidad.
Con compasión.
Con pausas.
Con aceptación.
Con la certeza de que no estamos solos.
Si este artículo te encuentra cansado, permítete un momento para ti.
Si te encuentra en lucha, no te des por vencido.
Si te encuentra roto, recuerda que hasta las almas más fuertes se quiebran… para luego rearmarse más luminosas.
El dominicano merece descansar, sanar y vivir.
No simplemente sobrevivir.
