OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.– Pero al hablar del legado de la familia Fanjul y de la transformación de La Romana, sería injusto olvidar a un grupo de dominicanos que estuvo allí, trabajando desde dentro, mucho antes de que pudiéramos imaginar la dimensión que alcanzaría aquel proyecto.

Las grandes inversiones necesitan capital, visión y decisión empresarial, pero también necesitan gente que conozca el país, que entienda su idiosincrasia y que sea capaz de convertir los grandes planes en realidades cotidianas.

Ahí hubo un extraordinario equipo dominicano.

Recuerdo, entre otros, a Carlos Morales, Alfonso Paniagua Báez, Martínez Lima y Papo Menéndez, hombres que desde distintas responsabilidades aportaron experiencia, relaciones, conocimiento del país y, sobre todo, muchas horas de trabajo para ayudar a construir la zapata sobre la cual posteriormente pudo levantarse una inversión de dimensiones mucho mayores.

Menciono esos nombres porque los conocí y porque forman parte de mis recuerdos personales de aquellos años. Pero deliberadamente prefiero no intentar completar una lista, porque sería muy fácil cometer la injusticia de olvidar a alguien. Fueron muchos los dominicanos —ejecutivos, técnicos, administradores, trabajadores y colaboradores— que pusieron su granito de arena en aquella extraordinaria transformación.

Y eso también merece ser contado.

Porque la historia de Central Romana y Casa de Campo no fue solamente la historia de grandes inversionistas. Fue también la historia de una formidable combinación entre capital y visión empresarial con el talento, la capacidad de trabajo y el conocimiento de varias generaciones de dominicanos.

Los Fanjul supieron invertir y proyectar. Pero tuvieron también el mérito de rodearse de gente capaz y de confiar en profesionales dominicanos que conocían profundamente el país y la región.

Muchos de ellos quizás nunca aparezcan en los grandes titulares ni en los libros de historia económica. Sin embargo, quienes vivimos aquella época sabemos perfectamente el papel que desempeñaron.

A Carlos Morales, a mi primo hermano Alfonso Paniagua Báez, a Martínez Lima, a Papo Menéndez y, a través de ellos, a todos aquellos dominicanos cuyos nombres sería imposible recoger sin correr el riesgo de dejar alguno fuera, quiero dejar también mi reconocimiento y mi gratitud.

Ellos ayudaron a hacer la zapata.

Sobre ella vinieron después nuevas inversiones, nuevas generaciones, nuevos ejecutivos y nuevos proyectos que terminaron convirtiendo a La Romana en lo que es hoy.

En las grandes obras empresariales suele recordarse a quienes tuvieron la visión y aportaron el capital. Es justo hacerlo. Pero también debemos recordar a quienes estuvieron allí todos los días haciendo que aquella visión pudiera convertirse en realidad.

Ese grupo dominicano también forma parte del legado de La Romana y merece un lugar de honor en esta historia.