OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, POR 7 SEGUNDOS.- Hay una tristeza particular en los ojos de los abuelos del 2025. No es solo la nostalgia natural de la edad; es algo más profundo, más silencioso, más sociológico. Es la tristeza de quienes hemos vivido la República Dominicana del orden al desorden, del respeto a la autoridad a la anarquía casi total, de la comunidad al individualismo feroz, del “todos nos conocemos” al “cada quien por su lado”. Nosotros, los que crecimos en un país donde el vecino era familia y la palabra tenía valor, vemos hoy una sociedad saturada de opiniones sin filtro, de falsas noticias que confunden hasta al más instruido, de un desorden vehicular que refleja el desorden moral, y de un costo de la vida que se tragó la alegría cotidiana y la capacidad de planificar. Vivimos el paso de una sociedad organizada—con reglas, jerarquías, respeto y valores claros—a una donde cada día se siente un poco más difícil distinguir lo correcto de lo conveniente. En nuestras calles, en nuestras instituciones, en nuestros hogares. Hoy, la sociología dominicana describe un país que perdió la línea divisoria entre libertad y libertinaje, entre opinión y hecho, entre política y espectáculo. Y los adultos mayores lo sentimos como un golpe emocional: nos formaron para vivir en un tipo de sociedad y terminamos envejeciendo en otra completamente distinta.
A eso se suma otro dolor: el rechazo sutil, pero real, hacia la vejez. En una sociedad obsesionada con lo rápido, lo joven y lo inmediato, los abuelos nos volvimos un estorbo. No porque no tengamos valor, sino porque ya no encajamos en el ritmo frenético que la tecnología y el consumo han impuesto. Las redes sociales, que debieron unir, muchas veces invisibilizan. El mercado, que debió incluir, excluye. Y el Estado, que debió proteger, olvida. Pero la tristeza más intensa no es por nosotros. Es por ellos: nuestros hijos y nuestros nietos. Porque nos preocupa el futuro que enfrentarán en un país donde el tránsito es metáfora del caos, la política es espectáculo, la verdad es opcional, la inseguridad es rutina, el costo de la vida espanta, y el mérito perdió terreno frente al relajo, el ruido y la viveza.
Dolorosamente, quienes crecimos con la esperanza de dejarles algo mejor, vemos que quizás les estamos entregando una sociedad más fragmentada que la que recibimos. La mirada de un abuelo hoy dice lo que las palabras callan. Dice cansancio, sí. Dice preocupación, también. Pero dice, sobre todo, amor: el amor propio de quien ya vivió lo suficiente para saber cómo eran las cosas y cómo podrían volver a ser si hubiera voluntad social y política. Porque aunque hemos perdido mucho, aún queda patria. Aún queda gente buena. Aún queda familia. Aún quedan jóvenes con valores. Aún queda esperanza mientras no dejemos de educar con el ejemplo, mientras sigamos hablando, mientras sigamos denunciando, mientras sigamos sembrando.
La mirada del abuelo del 2025 es triste, sí, pero también es un recordatorio silencioso: este país se arregla si pensamos en los que vienen detrás, no en los que están delante. Porque si algo sabemos los dominicanos mayores de 70 es que la patria es un préstamo que nos hace la vida, y que estamos obligados a devolverla mejorada, aunque el camino ahora se vea oscuro. Nos toca seguir mirando, seguir hablando… y seguir viviendo con fe, aun cuando el país parezca caminar por el borde del desorden.
