OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Hay momentos en la vida en que el tiempo deja de ser un simple transcurrir y se convierte en juez. No un juez imparcial, sino uno que cambia las reglas mientras revisa los expedientes. Lo que fue virtud se transforma en culpa; lo que fue celebrado se reescribe como abuso; lo que fue deber termina señalado como crimen. Y así, la biografía de muchos hombres se revisa no con los códigos de su época, sino con la moral fluctuante de un tiempo distinto.
El caso de Julio Iglesias resulta paradigmático. Durante décadas fue símbolo de éxito, talento y una masculinidad que, en su contexto histórico, era no solo aceptada sino admirada. En su época dorada, la fama atraía, el deseo se expresaba sin intermediarios y la relación entre hombres y mujeres se movía bajo códigos sociales radicalmente distintos a los actuales. Hoy, en la postrimería de su vida, emergen intentos de judicializar su pasado, reinterpretando relaciones privadas bajo categorías morales inexistentes cuando ocurrieron los hechos. No se trata de negar abusos reales —que deben ser sancionados con rigor— sino de advertir el riesgo de convertir el tiempo en una emboscada moral donde todo pasado resulta culpable por definición.
Algo similar ocurre en el ámbito del poder y la historia política. En plena Guerra Fría, muchos oficiales latinoamericanos y dominicanos fueron llamados a contener, perseguir o neutralizar movimientos ideológicos considerados amenazas existenciales por el Estado. Actuaron bajo órdenes, doctrinas y miedos compartidos por buena parte del mundo occidental. Con la caída del Muro de Berlín, ese orden colapsó y los antiguos antagonistas se integraron al sistema democrático, ocupando incluso espacios de autoridad moral. Paradójicamente, algunos de aquellos que cumplieron funciones de control y represión terminaron siendo perseguidos en su vejez por los mismos sectores que el Estado les ordenó enfrentar. El deber se convirtió en delito; la obediencia, en culpa retroactiva.
Vivimos además una época donde el significado de los gestos se redefine de manera acelerada. El caso del dirigente deportivo español Luis Rubiales, donde un beso fue elevado a la categoría de agresión sexual, ilustra hasta qué punto el contexto ha sido desplazado por el simbolismo. Hechos que en otros tiempos se habrían resuelto con una disculpa o una sanción administrativa hoy se transforman en causas judiciales y condenas públicas. El avance del feminismo ha sido indispensable para visibilizar abusos reales, pero su radicalización corre el riesgo de convertir toda torpeza humana en delito y toda relación asimétrica en crimen automático.
El problema no es la búsqueda de justicia, sino la pérdida de proporcionalidad. Cuando todo es abuso, nada lo es. Cuando todo gesto es sospechoso, la convivencia se erosiona. Y cuando el pasado se juzga sin contexto histórico, la memoria deja de ser aprendizaje para convertirse en arma. El derecho, que debería ser un ancla de equilibrio, comienza a navegar al ritmo de las emociones colectivas y de la presión mediática.
La historia demuestra que las sociedades cambian, pero también que los excesos morales suelen generar nuevas injusticias. Tal vez el gran desafío de este siglo no sea corregir el pasado, sino aprender a interpretarlo con sensatez. Defender a las víctimas sin fabricar culpables tardíos. Avanzar en derechos sin dinamitar la presunción de inocencia. Reconocer que los hombres —como las sociedades— son hijos de su tiempo, no rehenes eternos de él.
Porque al final, cuando el tiempo se convierte en juez, no siempre dicta sentencias justas. Y una civilización que condena sin contexto corre el riesgo de perder, en nombre del progreso, la humanidad que dice defender.
