«El puente que resiste el río no desafía la corriente, apoya bien sus pilares.»
OPINIÓN, FELIX CORREA, PARA 7 SEGUNDOS. – Este antiguo proverbio japonés encierra una verdad tan sencilla como profunda. Cuando observamos un puente firme atravesando un río caudaloso, solemos admirar su estructura, su tamaño o su belleza. Sin embargo, su verdadera fortaleza no está en lo que vemos, sino en aquello que permanece oculto bajo la superficie: sus pilares.
Los grandes puentes no sobreviven porque sean más fuertes que el río. Tampoco porque logren detener sus aguas. Permanecen en pie porque fueron construidos sobre bases sólidas capaces de soportar la presión constante de la corriente.
Lo mismo ocurre con el ser humano.
Vivimos tiempos difíciles. A diario observamos cómo se debilitan valores que durante generaciones sirvieron de fundamento para la convivencia social. La falta de amor al prójimo, el individualismo creciente, la pérdida del respeto, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno y el alejamiento de Dios parecen haberse convertido en algunas de las corrientes más fuertes de nuestra época.
Y cuando una sociedad pierde sus pilares, cualquier corriente puede arrastrarla.
Muchas veces creemos que el problema está en la intensidad del río. Nos quejamos de la delincuencia, de la corrupción, de la violencia, de la crisis de valores, de la falta de oportunidades o de los conflictos familiares. Pero pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre los fundamentos sobre los cuales estamos construyendo nuestras vidas.
Porque un río no necesita ser extremadamente caudaloso para derribar una estructura mal diseñada. Basta una corriente moderada para destruir aquello que carece de bases firmes.
Hoy vemos familias que se fracturan porque el diálogo fue sustituido por el silencio. Hogares donde cada miembro vive conectado a una pantalla, pero desconectado emocionalmente de quienes comparten su mismo techo.
Observamos jóvenes que asisten a las escuelas y universidades sin una visión clara de futuro. Muchos estudian porque sus padres los obligan, pero no porque hayan descubierto un propósito para sus vidas. La educación se convierte entonces en una obligación y no en una herramienta para transformar su destino.
También vemos matrimonios que se derrumban ante las primeras dificultades porque fueron construidos sobre emociones pasajeras y no sobre valores permanentes como el compromiso, el respeto y el sacrificio mutuo.
En el ámbito económico, encontramos personas que trabajan más para aparentar que para progresar. Se endeudan para sostener una imagen que no corresponde con su realidad y terminan siendo esclavos de las apariencias.
En la política y en las instituciones, muchas veces se privilegia la popularidad sobre el servicio, la conveniencia sobre los principios y el beneficio personal sobre el bienestar colectivo.
Pero quizás la grieta más profunda se encuentra en el aspecto espiritual.
Durante décadas la humanidad ha avanzado en tecnología, ciencia y conocimiento. Sin embargo, mientras más herramientas desarrolla para comunicarse, más sola parece sentirse. Mientras más recursos posee, más vacíos interiores experimenta. Mientras más busca respuestas fuera de sí, más se aleja de la única fuente capaz de darle verdadero sentido a la existencia.
Hemos reemplazado a Dios por otros dioses.
Para algunos, el dinero se ha convertido en su dios. Para otros, el poder, la fama, la aceptación social o el placer inmediato. Sin embargo, ninguno de ellos posee la capacidad de sostener a una persona cuando llegan las tormentas de la vida.
La historia humana ha demostrado una y otra vez que las crisis económicas pasan, los gobiernos cambian, las modas desaparecen y las riquezas pueden perderse en cualquier momento. Lo único que permanece es aquello que fue construido sobre fundamentos sólidos.
Por eso el apoyo más fuerte que puede tener una persona es Dios.
La fe no elimina las corrientes. No evita las dificultades. No impide los problemas. Pero sí fortalece los pilares que permiten resistirlas.
Cuando la vida está cimentada sobre principios, valores, fe, honestidad, responsabilidad, amor al prójimo y confianza en Dios, las corrientes pueden golpear con fuerza sin lograr derrumbar la estructura.
Quizás el gran desafío de nuestra generación no sea detener el río. Tal vez el verdadero desafío sea volver a construir los pilares.
Porque la tragedia de nuestro tiempo no es que el río corra con fuerza.
La tragedia es haber olvidado cómo construir pilares capaces de resistirlo.
