OPINIÓN, FÉLIX CORREA, PARA 7 SEGUNDOS.- Immanuel Kant, filósofo alemán, dejó una afirmación tan profunda como vigente: «La libertad es la capacidad de obedecer la ley que uno mismo se ha dado». Esta frase, lejos de ser un concepto abstracto reservado para los libros de filosofía, interpela directamente la realidad que vivimos hoy como país.

En medio del desorden cotidiano que nos rodea —calles sin respeto a las señales de tránsito, normas
ignoradas, filas que no existen, leyes que se burlan— muchos hemos confundido la libertad con el
simple hecho de hacer lo que nos da la gana. Hemos llegado a creer que ser libres es no obedecer, no
respetar límites, no rendir cuentas. Sin embargo, esa idea no solo es errónea, sino peligrosa.

Kant nos recuerda que la verdadera libertad no nace del capricho, sino de la responsabilidad. Ser libre
no es actuar impulsivamente, sino tener la madurez de imponerse reglas y cumplirlas. Es entender que
las leyes no son cadenas, sino acuerdos sociales que nos permiten convivir, protegernos y avanzar
como comunidad.

Cuando un conductor decide respetar un semáforo, no está perdiendo su libertad; la está ejerciendo
con conciencia. Cuando un ciudadano cumple las normas, paga sus impuestos, respeta el espacio
público y al prójimo, no actúa por miedo, sino por convicción. Ahí reside la auténtica libertad: en la
disciplina voluntaria, no en el desorden impuesto.

El caos que hoy padecemos no es solo institucional; es, sobre todo, moral. Hemos fallado en educarnos
para la libertad responsable. Queremos derechos, pero rechazamos deberes. Exigimos respeto, pero no
respetamos. Pedimos orden, pero no estamos dispuestos a cumplir las reglas más básicas.

Ser verdaderamente libres es respetarnos a nosotros mismos y respetar a los demás. Es comprender
que la libertad individual termina donde comienza el derecho del otro. Es asumir que una sociedad sin
normas no es libre, es rehén del más fuerte, del más imprudente o del más irresponsable.

Quizás ha llegado el momento de replantearnos qué entendemos por libertad. Tal vez, como sociedad,
necesitamos volver a Kant y a esa idea sencilla pero contundente: solo es libre quien es capaz de
obedecer la ley que reconoce como justa. Mientras no lo hagamos, seguiremos confundiendo
libertinaje con libertad, y desorden con progreso.

Un país verdaderamente libre no es el que hace lo que quiere, sino el que sabe gobernarse a sí mismo.