OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Aquí, en esta media isla bendita, uno se acuesta tranquilo viendo el mar Caribe… y amanece con una guerra en el Golfo que le sube la gasolina, el pasaje, el pollo, el plátano… ¡y hasta el ánimo!
Porque seamos claros: ese pleito entre Estados Unidos, Irán e Israel, que parece una serie de Netflix sin final, ya cruzó el Atlántico sin visa y se instaló en el patio de nosotros.
Aquí no han tirado un misil… pero cada vez que allá aprietan un botón, aquí sube la bomba.
Y el dominicano, que no se mete en pleitos ajenos, termina pagando la cuenta como el amigo bueno del grupo.
El gobierno dominicano, que estaba tranquilito haciendo su presupuesto con el barril de petróleo a 64 dólares, ahora tiene que sentarse de nuevo a hacer números… porque el barril va cogiendo vuelo como si fuera cometa en Semana Santa.
Y cuando el petróleo sube…
sube el transporte,
sube la comida,
sube el fertilizante,
sube todo… menos el salario.
¡Una belleza!
Y uno se pregunta, con ese sentido práctico dominicano:
¿Pero por qué estos dos vecinos no se ponen de acuerdo de una vez?
Porque eso parece un conflicto de patio…
pero con armas nucleares.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad intentó buscar salidas, incluso propuestas como el famoso plan Uganda, que hoy suena casi a chiste histórico… pero que en su momento era una alternativa para evitar este eterno conflicto por la tierra.
Sin embargo, la historia tomó otro camino.
Se impusieron decisiones, se arrastraron heridas, y desde entonces esa zona del mundo vive como si tuviera una caldera debajo.
Y claro, los que tenemos alguna raíz o simpatía por Israel —como es mi caso— entendemos la complejidad, la historia, el dolor… pero también uno, con el humor que nos salva como dominicanos, dice:
“Caramba… nos fuimos a ubicar en el único vecindario donde todos los vecinos están peleados.”
Y mientras allá discuten por siglos de historia, religión, territorio y poder…
aquí estamos nosotros tratando de cuadrar el presupuesto del mes.
Porque el dominicano no está en guerra…
pero vive en economía de guerra.
Esto es una vaina… para decirlo en buen dominicano.
Estamos pagando por creencias que no son las nuestras,
por conflictos que no iniciamos,
y por decisiones que se tomaron hace generaciones.
Y lo más curioso es que, aunque Occidente trate de entender ese conflicto con su lógica, allá la cosa se mueve por códigos históricos, religiosos y culturales que no responden a nuestra forma de ver el mundo.
O sea… estamos opinando de una novela que ni siquiera entendemos bien…
pero igual nos cobran la entrada.
Al final del día, el dominicano hace lo que mejor sabe hacer:
Se queja…
se ríe…
resuelve…
y sigue adelante.
Pero no deja de pensar:
“¿Y si ese pleito fuera en otro lado… uno viviría más tranquilo?”
Mientras tanto, prepárense…
porque si allá siguen tirándose,
aquí seguimos pagando.
