OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ.- Este fin de semana celebramos el Día de las Madres, una fecha que no solo enaltece a quienes nos dieron la vida, sino que nos invita a reflexionar sobre el significado más profundo del amor, la entrega y la vocación de cuidar. En este espíritu, hoy me he propuesto visitar dos lugares sagrados: el Cementerio Cristo Redentor, donde descansa mi madre, y el Cementerio Puerta del Cielo, última morada de mi querida esposa Dania.

Ambas fueron mujeres ejemplares, madres entregadas, abuelas amorosas e hijas leales. Hoy las honro con flores, con memoria y con gratitud, porque aunque ya no estén físicamente, su legado sigue vivo en cada acto de amor y en cada valor que sembraron en nuestras vidas. Supieron estar presentes en los días de alegría y también en los momentos más difíciles, protegiendo a su familia con firmeza y ternura.

Este Día de las Madres es también un momento para celebrar a todas aquellas que aún nos acompañan. A ustedes, madres de mi familia, de mi país y del mundo, gracias. Ustedes son las columnas invisibles que sostienen el hogar, las que con su entrega silenciosa transforman el mundo.

Gracias por su vocación, por su amor incondicional, por su presencia constante. Hoy rendimos homenaje a ese ser humano inigualable que es la madre. Que la vida les devuelva en bendiciones todo lo que han dado.