OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia.- Cuando mi hija Mariel me regaló el libro A Grief Observed de C.S. Lewis, no imaginaba que cada página abriría una puerta para comprender, confrontar y, poco a poco, asimilar el inmenso dolor que hoy me embarga. La muerte de mi esposa, Dania, con quien compartí casi medio siglo de vida —y a quien solo nos faltaban doce días para celebrar nuestras bodas de oro— ha sido el golpe más devastador que he recibido.
He vivido momentos oscuros antes: cinco años de prisión injusta, las muertes de mis padres y de mi hermano mayor —acontecidas precisamente durante ese encierro, lo que las hizo aún más dolorosas y angustiosas—, y años de internamiento en academias militares. Pero nada me preparó para el vacío absoluto que deja la pérdida de una esposa amada. Una mujer valiente, cariñosa, desinteresada, que me complementó en todos los sentidos. Dania fue mi apoyo constante, mi compañera de vida en la escasez, en la reconstrucción y en las pruebas más duras.
Lewis, en su libro, narra con crudeza y honestidad el abismo que enfrenta tras perder a su esposa Joy. Aunque él expresa su rabia y hasta reclama a Dios, yo siento algo distinto. Dania y yo supimos, desde el primer diagnóstico de metástasis, que esta batalla contra el cáncer de mama sería larga, cruel y probablemente terminal. La asumimos como una prueba más que la vida nos imponía, pero jamás perdimos la fe. Y aunque mi fe no me ha librado del dolor, me ha regalado una profunda paz al saber que Dios la recogió para liberarla de más sufrimiento.
Quimioterapias, mastectomía, caída del cabello, linfedema, dolores, medicamentos, angustias… y, sin embargo, ella nunca se rindió. Su lucha fue digna, decidida, y siempre con una sonrisa que ocultaba el dolor que solo yo conocía de cerca.
Hoy me encuentro en un tren emocional que no puedo controlar. Hay momentos en que siento alivio porque ya no sufre. Otros, me ahoga la soledad de la casa y los recuerdos que me asaltan en cada rincón. El Día de las Madres fue, sin duda, una jornada fatal. Sentí una carga emocional tan intensa que tuve que refugiarme en una siesta, no por descanso, sino por escape. He aprendido que el dolor no se vence con valentía solamente: hay que atravesarlo, vivirlo, nombrarlo.
Por eso, tras la misa del mes de su fallecimiento, he decidido viajar fuera del país durante 17 días, con el consentimiento amoroso de mis hijos. No sé si será un escape o una oportunidad de sanación, pero necesito alejarme físicamente del escenario inmediato del dolor para encontrar aire, perspectiva y quizás algo de paz. No huyo de mi pena; intento entenderla desde otra orilla.
Un refugio inesperado ha sido el golf. No sé si por la caminata, la introspección que impone el juego o la compañía de amigos entrañables, pero me ha sostenido en pie. Este deporte —como el duelo— es una lucha con uno mismo, con la mente, con las emociones, con la paciencia.
Este primer mes de duelo me ha revelado una verdad profunda: el amor no muere con la persona. Se transforma. En gratitud, en memoria viva, en responsabilidad hacia los que siguen, y en misión de vida. Hoy escribo no solo para honrar a Dania, sino para acompañar a quienes han perdido un ser querido: no están solos. Cada uno vive el duelo a su manera, pero compartirlo —como hizo C.S. Lewis, como intento hacerlo yo— puede ayudar a otros a encontrar palabras para su propio dolor.
Perder a Dania ha sido como una amputación del alma. Pero escribir, recordar y hablar de ella me hace sentir que aún está viva en mí. Si alguna palabra mía puede consolar a alguien más en su propio proceso de despedida, entonces este artículo no será solo una catarsis personal, sino una semilla de esperanza.
Firmado:
Andrés A. Aybar Báez
Viudo de Dania Uribe Cruz de Aybar
Mayo 2025 – Santo Domingo, República Dominicana

