OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.– El artículo “El socio confiable” publicado en el Diario Libre de Jaime Aristy Escuder, plantea una reflexión válida sobre la larga relación entre la República Dominicana y los Estados Unidos. Sin embargo, esa historia también permite una lectura menos complaciente: Estados Unidos puede ser un socio importante, pero ha demostrado reiteradamente que sus alianzas están determinadas, ante todo, por sus intereses del momento.

En política internacional, el agradecimiento rara vez constituye una categoría permanente. Las grandes potencias no suelen administrar sus relaciones exteriores sobre la base de favores recibidos, lealtades históricas o sentimientos de reciprocidad. Las administran conforme a intereses económicos, estratégicos, comerciales y de seguridad.

Estados Unidos no constituye una excepción.

La República Dominicana puede haber sido durante décadas un aliado consistente, haber respaldado posiciones estadounidenses en momentos difíciles y mantener profundos vínculos comerciales, migratorios y culturales. Todo eso tiene valor mientras coincide con los objetivos de Washington. Pero cuando aparece una coyuntura diferente, la memoria de las antiguas lealtades puede hacerse sorprendentemente corta.

Esa es una de las lecciones más antiguas de la geopolítica: los Estados no tienen amigos eternos; tienen intereses que procuran preservar.

Por eso debemos tener cuidado cuando utilizamos expresiones como “socio confiable”. La pregunta inevitable es: ¿confiable para quién y mientras se mantengan cuáles condiciones?

La política exterior estadounidense tiene una enorme capacidad para adaptarse a las circunstancias. Un gobierno, una empresa o incluso un país puede ser considerado estratégico en determinado momento y convertirse después en secundario cuando cambian las prioridades. Se aprovechan las coyunturas, se construyen alianzas mientras resultan útiles y, cuando dejan de serlo, se reorganiza el tablero sin demasiado sentimentalismo.

No necesariamente se trata de una conducta exclusivamente estadounidense ni debe interpretarse como una acusación moral. Es, fundamentalmente, realismo político. Washington actúa defendiendo a Washington.

El problema surge cuando países pequeños como la República Dominicana confunden una coincidencia prolongada de intereses con una relación de gratitud permanente. Ahí comienza la ingenuidad.

La respuesta dominicana tampoco debe ser el enfrentamiento. Estados Unidos seguirá siendo, por razones geográficas, económicas, comerciales, migratorias y de seguridad, uno de nuestros socios fundamentales. Precisamente por eso la relación debe manejarse con madurez: amistad, sí; cooperación, toda la posible; pero defensa firme de nuestros propios intereses.

Si Estados Unidos protege los suyos, la República Dominicana tiene exactamente el mismo derecho y la misma obligación.

La verdadera enseñanza no consiste en lamentarnos porque Washington tenga “memoria corta”. Consiste en comprender cómo funciona el poder internacional. El agradecimiento puede existir entre personas; entre Estados prevalece el interés.

Por eso, frente a cualquier presión comercial, diplomática o geopolítica, nuestra posición debería partir de una premisa sencilla: no debemos aspirar a ser únicamente el socio confiable de Estados Unidos; debemos procurar que Estados Unidos tenga razones permanentes para considerar conveniente y mutuamente beneficiosa su relación con la República Dominicana.

Porque en geopolítica las coyunturas pasan, los gobiernos cambian y las prioridades se transforman. Y quien construye su política exterior esperando gratitud corre el riesgo de descubrir, demasiado tarde, que cuando deja de ser útil puede ser simplemente sustituido o dejado a un lado.

Los países que entienden esa realidad no reclaman agradecimiento: construyen intereses que los hagan necesarios.