Crónica de una búsqueda ancestral
OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia.- En esta etapa del viaje llegué a tierras andaluzas —Málaga, Sevilla, Marbella, Puerto Banús y Ronda—, lugares donde el pasado y la historia familiar que vengo desenterrando se sienten más vivos que nunca. Cada ciudad me habló como si, entre sus calles y muros, aún caminaran los recuerdos de nuestros antepasados.
Málaga, para nosotros, no fue solo la primera parada del trayecto andaluz: fue el punto de partida legal y simbólico de nuestro reencuentro con Sefarad. Fue en esta ciudad donde, gracias a la Ley de Nacionalidad para los Sefardíes, comenzamos los trámites que nos permitirían ser reconocidos como parte de una historia rota en 1492 y parcialmente restaurada en nuestros días. Málaga, con su modernidad consciente de sus raíces, me hizo pensar en cómo quizás tantos valores de nuestra familia —la constancia, la discreción, el interés por el conocimiento— venían de mucho más atrás de lo que imaginábamos.
Pero fue Sevilla la que me impactó. Caminar por el barrio de Santa Cruz, antigua judería, fue como cruzar un umbral invisible entre el presente y el pasado. Allí, entre las callejuelas estrechas y los patios floridos, sentí la sombra viva de quienes quizás llevaron antes el apellido López Penha, o alguna forma primitiva de este. Sevilla fue, durante siglos, uno de los epicentros culturales y espirituales de la España judía. La comunidad sefardí floreció aquí hasta su brutal expulsión. Aunque no tengo aún pruebas documentales de que nuestros ancestros vivieran en esta ciudad, el corazón y la intuición —esas herramientas del alma— me susurraron que sí. Sevilla, con su historia de luz y ruptura, bien pudo haber sido una raíz antes de la dispersión que llevó a los nuestros a Portugal, luego a Curazao, y finalmente a Azua, donde comenzó nuestra rama caribeña.
En Marbella y Puerto Banús sentí el contraste: el lujo actual sobre los silencios del pasado. Sin embargo, el mar sigue siendo testigo mudo de aquellas rutas de escape, de comercio y de esperanza que tantos judíos emprendieron hacia nuevas tierras, entre ellos quizás algunos López Penha que, sin conocer el esplendor que existe en la actualidad, surcaron esas aguas rumbo al exilio.
Finalmente, en Ronda, en lo alto del tajo que corta la ciudad, encontré la serenidad de una historia que, aunque rota, sigue viva. Allí, en su pequeña judería y en el museo que honra a los antiguos habitantes hebreos, me detuve a agradecer. Agradecer por los que resistieron, por los que emigraron, y por los que, sin saberlo, nos legaron una identidad que hoy honramos y abrazamos con dignidad.
Esta etapa en Andalucía me mostró que no buscamos solo raíces: buscamos redención, justicia y memoria. Y en ese camino, mis hijos Andrés Gustavo y Mariel fueron quienes me impulsaron a levantarme tras haber perdido a Dania, mi esposa, semanas atrás, y a emprender esta travesía que ya no es solo mía, sino de todos los que llevamos sangre sefardí y buscamos reencontrarnos con una herencia profunda y trascendente, tejida más allá del tiempo y del olvido.
