OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- En momentos de guerra, crisis petrolera, incertidumbre internacional y aumento de los combustibles, los países pequeños como la República Dominicana no pueden darse el lujo de improvisar. La estabilidad económica no se construye cada cuatro años, ni puede depender exclusivamente del entusiasmo de nuevos funcionarios que llegan al poder con buenas intenciones, pero sin memoria institucional.

Desde el último gobierno del doctor Joaquín Balaguer, la República Dominicana ha tenido en el Banco Central una experiencia digna de estudio: la continuidad técnica de Héctor Valdez Albizu, con una interrupción entre los años 2000 y 2004, precisamente el período en que se produjo una de las crisis bancarias más severas de América Latina. Valdez Albizu fue gobernador de 1994 a 2000 y volvió al cargo en 2004.

No escribo estas líneas para endiosar a ningún funcionario. Quien esto escribe también fue víctima de aquella crisis bancaria. Pero precisamente por eso me siento con autoridad moral para decir que los países deben aprender de sus dolores. La política no puede estar por encima del conocimiento técnico cuando lo que está en juego es la estabilidad de toda una nación.

La gran lección de aquel episodio es que la continuidad de Estado importa. Importa más que los colores partidarios. Importa más que los egos. Importa más que el deseo natural de cada gobierno de comenzar desde cero.

En el año 2000, con el cambio de gobierno, se perdió una memoria técnica fundamental. El Banco Central ya conocía debilidades importantes del sistema financiero. Había diagnósticos, advertencias y posibles rutas de solución: capitalización, saneamiento, venta, fusiones o entrada de socios estratégicos. Pero cuando la política desplaza la experiencia, los problemas no desaparecen; se agravan.

Quizás, si se hubiese conservado esa continuidad técnica, entidades como Baninter, Bancrédito y Mercantil habrían tenido otro desenlace: nuevos accionistas, nuevas estructuras, nuevas marcas o procesos de capitalización ordenados. Lo que probablemente se habría evitado era el enorme costo social, económico y moral que terminó cargando el país.

El déficit cuasifiscal que surgió de aquella crisis sigue siendo una pesada herencia para el Banco Central y para la política monetaria dominicana. Son recursos que, en vez de dirigirse plenamente al desarrollo, infraestructura, innovación o productividad, han tenido que utilizarse para preservar estabilidad.

Por eso, cuando hoy vemos al Banco Central enfrentar pandemia, guerra en Ucrania, tensiones petroleras, inflación internacional y nuevas amenazas geopolíticas, debemos preguntarnos: ¿qué habría sido del país sin continuidad técnica en esa institución?

Esa es la enseñanza central: no se trata de personas, sino de modelos institucionales. Cuando algo funciona, debe protegerse. Cuando una institución acumula conocimiento, relaciones internacionales, credibilidad y disciplina técnica, no debe ser desmontada por razones partidarias.

Lo mismo puede decirse del turismo. El ministro David Collado ha dado continuidad, dinamismo y visión a un sector vital para la economía dominicana. No importa el partido: si algo produce resultados, genera confianza y sostiene empleos, debe preservarse, fortalecerse y replicarse.

También existen ejemplos privados dignos de observación, como CEPM en generación y distribución eléctrica en el Este, donde la planificación, inversión, continuidad y eficiencia han permitido ofrecer un servicio más estable que el promedio nacional. Ese tipo de modelo debe estudiarse, no desde la envidia ni la confrontación, sino desde el aprendizaje.

La República Dominicana necesita menos improvisación y más continuidad. Menos borrón y cuenta nueva. Menos funcionarios aprendiendo desde cero cada cuatro años. Más instituciones con memoria. Más técnicos respetados. Más planes nacionales que sobrevivan a los gobiernos.

Tal vez ha llegado el momento de preguntarnos si el país necesita, además de políticos hábiles, más burócratas especializados, más servidores públicos de carrera, más gestores que entiendan que gobernar no es inaugurar discursos, sino sostener procesos.

En tiempos de guerra y combustibles caros, la estabilidad no se improvisa. Se construye con prudencia, memoria, disciplina y continuidad.

La verdadera modernización del Estado dominicano no consiste en cambiarlo todo cada vez que cambia el poder. Consiste en saber distinguir qué debe corregirse, qué debe mejorarse y qué debe conservarse.

Porque las naciones maduras no destruyen lo que funciona.

Lo estudian.

Lo fortalecen como Singapur.

Y lo replican.