OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Las transiciones políticas que siguen al colapso de una dictadura no ocurren como en los libros de teoría política. No nacen ordenadas, ni limpias, ni guiadas por ideales puros. Surgen, más bien, como un acto de urgencia nacional, cuando el poder absoluto se quiebra y la sociedad se ve obligada a avanzar con lo que tiene a mano, tomando decisiones en el camino, corrigiendo errores y evitando que el vacío se convierta en caos. Así ocurrió en la República Dominicana tras la desaparición de Rafael Leónidas Trujillo, y así, con matices propios, es el proceso que muchos esperan ver consumarse hoy en Venezuela tras el agotamiento del modelo autoritario encabezado por Nicolás Maduro.

Cuando cae una dictadura unipersonal, lo que queda no es una democracia en potencia sino un país exhausto. Instituciones debilitadas, economía distorsionada, fuerzas armadas politizadas, miedo acumulado y una ciudadanía que ha aprendido a sobrevivir, no a confiar. El derrumbe del régimen no es el final del problema, es apenas el inicio de una etapa más compleja: gobernar sin el látigo del miedo, pero también sin las herramientas democráticas plenamente funcionales.

En 1961, la República Dominicana no tenía partidos sólidos, ni cultura democrática madura, ni instituciones independientes. El Estado era una extensión del dictador y su entorno. Venezuela hoy enfrenta una realidad comparable: un aparato estatal moldeado durante años para obedecer a una sola voluntad, una economía intervenida hasta el colapso y una sociedad fragmentada por la emigración y la desconfianza. En ambos casos, la tentación inicial es pensar que todo debe empezar de cero. La historia demuestra que eso es una ilusión peligrosa.

Las transiciones no se hacen con personajes ideales, sino con los actores disponibles. Por eso reaparecen, una y otra vez, figuras del régimen anterior en los procesos de cambio. No porque representen el futuro deseado, sino porque conocen el funcionamiento del Estado y permiten que el país no se detenga. Tras Trujillo, muchos funcionarios, militares y técnicos provenían directamente del aparato trujillista. No había reemplazo inmediato. La clave estuvo en limitar su poder, reencuadrarlos dentro de nuevas reglas y reducir progresivamente su influencia, no en expulsarlos de golpe. Las purgas totales suelen producir parálisis, violencia o golpes de retorno.

Venezuela enfrenta ese mismo dilema histórico. Los militares no desaparecen de un día para otro, los técnicos del Estado son necesarios para que los servicios básicos sigan funcionando y, en muchos casos, antiguos operadores del sistema terminan convirtiéndose en piezas de una transición por puro pragmatismo. No es una concesión moral; es una necesidad política. La transición no es un juicio final, es una operación de salvamento nacional.

El verdadero pulso de estos procesos no se mide en grandes discursos, sino en el día a día. Pagar salarios, garantizar alimentos, restablecer servicios, evitar venganzas, recuperar relaciones internacionales, devolver un mínimo de legalidad a la vida pública. Eso fue lo que ocupó a la República Dominicana en los años posteriores a 1961, un período lleno de errores, sobresaltos y conflictos, pero también de un aprendizaje decisivo: el poder podía dejar de ser hereditario y absoluto.

Las dictaduras gobiernan desde la fuerza, el control y el miedo. Las democracias nacientes sobreviven gracias al consenso mínimo. Ese consenso inicial suele ser modesto: evitar el colapso total. Con el tiempo, si se maneja con inteligencia y paciencia, puede ampliarse hacia elecciones creíbles, libertades públicas y reconstrucción institucional. Pretender justicia total y orden perfecto desde el primer día suele ser el camino más corto hacia el fracaso.

La experiencia histórica deja lecciones claras. No existen transiciones puras ni inmaculadas. El pasado no se borra, se administra mientras se transforma. La estabilidad suele preceder a la justicia, aunque la justicia no deba abandonarse. El miedo debe reducirse antes de que la libertad pueda echar raíces. Y, sobre todo, la democracia no se inaugura: se construye caminando.

Así como la República Dominicana necesitó años para salir definitivamente de la larga sombra de Trujillo, Venezuela no emergerá intacta del ciclo de Maduro de un día para otro. Pero la historia también enseña algo fundamental: ninguna dictadura es eterna y ninguna sociedad pierde del todo su capacidad de recomponerse. Las transiciones no son épicas ni heroicas; son pacientes, incómodas y llenas de contradicciones. Precisamente por eso, cuando se logran, son el acto político más importante que puede emprender una nación devastada.