Crónica de una búsqueda ancestral

OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia. – El día once de mi ruta sefardí nos llevó desde Oviedo hasta Santander, atravesando 260 kilómetros de un norte verde, majestuoso y cargado de historia. Montañas envueltas en niebla, pueblos detenidos en el tiempo y acantilados que susurran secretos milenarios acompañaron nuestro trayecto, que pareció guiado no solo por el GPS, sino por los ecos de la Reconquista y los suspiros silenciados de Sefarad.

Salimos temprano de Oviedo, capital asturiana donde el Camino Primitivo aún late entre templos románicos y la memoria de los reyes cristianos. Apenas una hora después, alcanzamos Covadonga, enclave sagrado donde don Pelayo inició la Reconquista en el año 722. Allí, entre montañas que se elevan como guardianas del pasado, se siente el peso simbólico del inicio de una España cristiana. Paradójicamente, mientras en el sur visigodos, judíos y musulmanes aún debatían formas de convivencia, aquí comenzaba el largo y sangriento camino que sellaría el destino de los judíos sefardíes. Covadonga no solo es santuario; es umbral de una historia de expulsiones, resistencias y silencios. Por eso estamos aquí, escribiendo en nombre de aquellos que merecen ser recordados, como los López Penha.

Desde Covadonga, nos internamos en paisajes que imponen respeto. Al mediodía llegamos a Santillana del Mar, joya medieval detenida en el tiempo. Sus calles empedradas, casas con escudos nobiliarios y la majestuosa Colegiata de Santa Juliana nos transportaron a una época donde médicos, comerciantes y sabios sefardíes caminaban con naturalidad por estas tierras antes de ser despojados. Allí almorzamos, rodeados de historia, belleza y una calma que solo los siglos pueden ofrecer.

Muy cerca, visitamos el Museo de Altamira, con su impresionante reproducción del arte rupestre. Frente a los bisontes dibujados hace más de 15,000 años con carbón y óxido, comprendí que la necesidad de expresarse —de dejar huella— antecede a toda religión. ¿Quiénes fueron esos primeros artistas? ¿Qué veían en los ojos de los animales? ¿Qué nos une aún a ellos? Tal vez la misma pulsión de trascender que animó a los exiliados de Sefarad.

Por la tarde, llegamos a Santander, ciudad señorial que muchos llaman la “Suiza de España” por su elegancia costera y serenidad atlántica. Desde sus jardines de Pereda hasta el Centro Botín, donde el arte contemporáneo desafía lo previsible, todo aquí habla de una España que miró hacia Europa sin olvidar sus raíces. En su casco antiguo, donde una aljama judía prosperó hasta el siglo XV, caminamos evocando nombres borrados. El recorrido por el Sardinero, el Casino, los Jardines de Piquío y el Faro de Cabo Mayor nos ofreció una despedida lírica: entre las olas rompientes, imaginé barcos partiendo al exilio, cargados de fe, de ladino, y de un anhelo de retorno que solo generaciones futuras como la nuestra ha podido empezar a cumplir.

Este tramo de la ruta no fue solo una lección de geografía o arte rupestre. Fue una meditación sobre las múltiples capas de la historia: la oficial, la silenciada, y la que sobrevive en la memoria. En las piedras de Santillana, en la bruma de Covadonga y en cada ola de Santander resuenan voces antiguas. Y en cada paso, la certeza de que aún hoy vale la pena recoger los hilos rotos de Sefarad y entretejerlos con dignidad y gratitud.