OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 SEGUNDOS.-En la vida hay amistades que se forjan a fuego lento, a base de risas, confidencias y silencios compartidos. Marisol Frías de Bonetti, Mayra Guerrero de Gual, Dania Uribe de Aybar y Nurin Sanlley fueron de ese tipo de amigas indomables: las que no aceptan excusas, las que dicen las verdades sin anestesia y las que están, sin importar la hora ni el lugar. Cuatro mujeres con historias distintas, pero unidas por un mismo destino: enfrentar el cáncer con el coraje de las grandes y la ternura de quienes saben que la vida es frágil pero maravillosa.
Se les podía ver juntas en un café, en un evento benéfico, en una sala de hospital o planeando un encuentro que siempre terminaba en carcajadas. El diagnóstico que cada una recibió en su momento no logró quebrar esa complicidad. Al contrario, las volvió más cercanas. Supieron acompañarse en los días buenos y en los malos, con una mezcla de humor y fortaleza que desconcertaba a quienes las veían brillar en medio de la tormenta.
Marisol tenía la elegancia de quien no necesita levantar la voz para ser escuchada. Era el consejo sensato en medio de la confusión, la palabra justa en el momento exacto. En su presencia, uno sentía calma.
Mayra era pura calidez y carcajada. Tenía la capacidad de contar la anécdota más simple como si fuera una historia épica. Con ella, hasta las salas de espera se llenaban de vida.
Dania, voluntaria incansable en el área oncológica de Cedimat, transformó su lucha personal en un compromiso silencioso de servicio. Sabía que, a veces, un gesto de ternura vale más que un tratamiento, y lo practicaba a diario.
Nurin, con su energía creativa y su carisma natural, podía convertir un momento cualquiera en un espectáculo de alegría. Su espíritu libre y generoso fue siempre una inyección de optimismo para las demás.
Cada una, a su manera, dejó una marca profunda. Sus batallas no fueron fáciles, pero nunca les robaron la esencia. Compartieron consejos sobre médicos, tratamientos y trucos para sobrellevar los efectos secundarios, pero también compartieron recetas, brindis y secretos que se llevan a la tumba.
Hoy, sus nombres forman parte de un vitral único: piezas distintas que, al unirse, proyectan una luz más fuerte y más bella. Ese vitral no está hecho de vidrio, sino de recuerdos, abrazos y enseñanzas. Y aunque físicamente ya no estén, la luz que dejaron sigue iluminando a quienes las quisieron y aprendieron de ellas que la vida no se mide en años, sino en intensidad, amor y huellas.
Porque como un vitral iluminado por el sol de la memoria, ellas siguen allí: brillando, inspirando, recordándonos que la belleza no está en no romperse, sino en recomponerse con colores nuevos para seguir dando luz. Gracias
