OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- La reciente reflexión del abogado penalista Miguel Valerio en el programa Líderes invita a pensar, más que a tomar partido. Su planteamiento parte de un hecho político evidente: la sociedad dominicana ha cambiado profundamente en la forma en que ejerce presión sobre quienes gobiernan.
Durante décadas, los medios tradicionales, los gremios, las instituciones y los líderes de opinión eran los principales canales para influir en las decisiones públicas. Hoy el escenario parece distinto. Las redes sociales, las plataformas digitales y los llamados medios alternativos han adquirido una capacidad de movilización que, en ocasiones, logra modificar decisiones gubernamentales en cuestión de horas.
El debate surgido alrededor del Código Penal es un ejemplo de cómo la presión pública digital puede convertirse en un factor determinante en la toma de decisiones políticas. Independientemente de que se comparta o no el resultado, el episodio demuestra que la capacidad de influir ya no depende exclusivamente de las estructuras tradicionales de poder.
Esto nos lleva a una reflexión más profunda.
Richard Nixon popularizó la expresión “la mayoría silenciosa”, refiriéndose a ese amplio sector de la población que no protesta, no marcha y rara vez hace ruido, pero que observa atentamente los acontecimientos. La pregunta es si, en la era digital, esa mayoría silenciosa sigue teniendo influencia o si, por el contrario, ha sido desplazada por grupos mucho más organizados y visibles en las plataformas digitales.
No necesariamente gobierna quien representa a la mayoría, sino quien logra dominar la conversación pública.
Esa realidad puede gustarnos o no, pero ignorarla sería un error estratégico. Toda organización social, comunitaria o cívica debe comprender cómo evoluciona la comunicación para que sus causas sean escuchadas.
Esto también deja una enseñanza para quienes trabajamos por Gazcue y por otras causas ciudadanas. Si queremos impulsar cambios reales, no basta con tener la razón. También debemos aprender a comunicar, movilizar, documentar los problemas y utilizar los canales que hoy generan atención pública e institucional.
El desafío consiste en hacerlo con responsabilidad, respeto y argumentos sólidos, evitando que el debate se convierta en simple confrontación. La firmeza no tiene por qué estar reñida con la prudencia.
La historia demuestra que los métodos de participación cambian con cada generación. Lo importante es entender esa evolución para que las buenas causas no permanezcan atrapadas en el silencio.
Quizás la gran pregunta de nuestro tiempo sea esta:
¿Estamos defendiendo nuestras ideas con las herramientas del presente o seguimos intentando resolver los problemas de hoy con los métodos de ayer?
