A propósito de la reflexión de Eduardo León sobre el fenómeno Alofoke


OPINIÓN,ANDRÉS A. AYBAR PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Pocas veces un artículo logra describir con tanta claridad un fenómeno que preocupa a muchos dominicanos. La reflexión de Eduardo León no se limita a analizar la figura de Alofoke; nos obliga a mirar el espejo de una sociedad que corre el riesgo de confundir el éxito económico con el liderazgo y la popularidad con la autoridad moral.

Coincido plenamente con su planteamiento de que él no es la causa, sino una consecuencia. Es consecuencia de años de deficiencias en la educación, de instituciones que han perdido credibilidad, de comunidades abandonadas y de una clase dirigente que, en muchos casos, dejó de inspirar confianza.

No obstante, mi mayor preocupación va más allá de una persona.

Como académico, abogado, padre de familia y ciudadano, me inquieta profundamente el mensaje que estamos enviando a nuestros jóvenes cuando el número de seguidores parece tener más peso que el conocimiento, cuando la capacidad de generar titulares se confunde con la capacidad de gobernar y cuando el dinero comienza a verse como sinónimo de sabiduría.

Nadie puede negar los méritos empresariales de quien construye un proyecto exitoso. Emprender, innovar y generar riqueza son cualidades dignas de reconocimiento. Pero la historia demuestra que administrar una empresa y conducir una sociedad requieren competencias muy distintas. El liderazgo público exige preparación, prudencia, equilibrio, conocimiento y una profunda responsabilidad con las consecuencias de cada palabra.

Lo verdaderamente alarmante no es el éxito de un influencer. Lo preocupante es que una parte de la sociedad parezca haber renunciado a distinguir entre un comunicador exitoso y un estadista, entre la influencia digital y el liderazgo nacional.

Cada generación elige a sus referentes. Si nuestros hijos llegan a creer que el camino hacia el reconocimiento pasa por la confrontación permanente, el espectáculo o la estridencia, estaremos formando ciudadanos que admiren más la notoriedad que el mérito.

Por eso este debate trasciende cualquier nombre propio. Hoy puede llamarse Alofoke; mañana será otro. Lo importante es preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad para que nuestros mejores modelos de éxito no sean necesariamente nuestros mejores modelos de liderazgo.

Felicito a Eduardo León por abrir este debate con altura y profundidad. Sus palabras deberían servir como una llamada de atención para todos: familias, educadores, empresarios, comunicadores y dirigentes políticos.

Porque cuando una sociedad deja de premiar el conocimiento, la ética y el servicio, y comienza a rendir culto únicamente a la fama y al poder de influencia, el problema deja de ser una persona.

El problema somos todos.

Y esa factura, como bien advierte Eduardo León, no la pagaremos nosotros. La pagarán las generaciones que hoy observan, aprenden e imitan el ejemplo que les estamos dejando.