In memoriam de Juan Julio “Johnny” Morales Rosa, con motivo de sus exequias.
OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Hay personas que llegan a nuestra vida como si fueran encuentros casuales. Las conocemos en una actividad social, por medio de un amigo o al comenzar una etapa profesional. Conversamos con ellas y seguimos nuestro camino sin imaginar que nuestras familias ya se habían encontrado mucho antes de que nosotros naciéramos.
A veces tiene que transcurrir más de medio siglo para que descubramos esos hilos invisibles.
Eso me ha ocurrido con Juan Julio “Johnny” Morales Rosa.
Lo conocí en 1972, cuando regresé a la República Dominicana después de realizar mis estudios universitarios en los Estados Unidos. Yo era entonces un joven lleno de proyectos y deseos de integrarse a la vida profesional de un país que había cambiado mucho durante mis años de ausencia.
Johnny formaba parte de la estructura comercial de la familia Bermúdez, dedicada a promover el ron Bermúdez en Santo Domingo. Alrededor de aquella actividad se había formado un grupo de jóvenes dinámicos, emprendedores y relacionados con el ambiente empresarial y social de la capital.
Éramos integrantes de una generación que miraba hacia el futuro y creía disponer de todo el tiempo del mundo. Algunos de aquellos jóvenes todavía forman parte de mis amistades; otros, lamentablemente, se marcharon a destiempo.
Ahora también despedimos a Johnny.
Cada ausencia transforma los recuerdos y les concede un valor que no alcanzábamos a comprender cuando creíamos que la juventud sería eterna.
Conocí a Johnny como un hombre afable, inquieto, inteligente y con una extraordinaria facilidad para relacionarse con personas de procedencias muy diferentes. Podía conversar con un empresario, un político, un diplomático, un hombre de campo o un amigo de juventud sin perder la naturalidad.
Lo que no sabía en 1972 era que detrás de Johnny existía una historia familiar que lo conectaba con Porfirio Rubirosa, Rafael Leónidas Trujillo, Joaquín Balaguer y, por caminos todavía más sorprendentes, con mi esposa Dania Uribe, con mis suegros Rafael Uribe Montás y doña Aída Cruz Brea y con mi familia materna, los Báez López Penha.
Al descubrir esas coincidencias, sentí la necesidad de investigar y enlazar los recuerdos. No para perseguir apellidos importantes ni para idealizar el pasado, sino para comprender cómo la historia de un país también se escribe mediante matrimonios, amistades, padrinazgos, vecindades y lealtades personales.
La historia comienza con el general Pedro María Rubirosa, padre de Porfirio Rubirosa Ariza. Estuvo casado con Ana Ariza Almánzar, pero también mantuvo relaciones fuera del matrimonio. De una de ellas, con Paulina Morales, nació Juan Julio Morales.
Por tratarse de un hijo extramatrimonial, Juan Julio llevó el apellido de su madre y no el de su padre. Aquello era frecuente en una sociedad en la cual muchos hijos nacidos fuera del matrimonio no recibían oficialmente el apellido paterno.
Los documentos podían separar dos ramas familiares, pero no borrar la sangre que las unía.
Juan Julio Morales era hermano paterno de Porfirio Rubirosa. La biografía escrita por Lipe Collado lo identifica como “hermano de padre” de Porfirio y señala que participó en la administración de una finca que perteneció al famoso diplomático en La Vega.
También aparece en documentos de la década de 1940 como capitán del Ejército Nacional y jefe de la Policía Especial de Carreteras durante la dictadura de Trujillo.
De esa rama familiar procedía, conforme a los recuerdos transmitidos por la familia, Juan Julio “Johnny” Morales Rosa, sobrino de Porfirio Rubirosa.
Porfirio recorrió el camino más conocido y espectacular. Después de pasar parte de su juventud en París, regresó al país y conoció a Trujillo. Su elegancia, simpatía, desenvoltura y capacidad para moverse en los ambientes sociales llamaron la atención del gobernante, quien lo incorporó al Ejército y posteriormente al servicio diplomático.
La relación dejó de ser exclusivamente política cuando Porfirio se casó, en diciembre de 1932, con Flor de Oro Trujillo, hija del dictador.
Aquel matrimonio colocó a Rubirosa dentro de la familia más poderosa del país. Aunque la unión terminó años después, su relación con Trujillo no desapareció definitivamente. Porfirio continuó representando a la República Dominicana en importantes destinos diplomáticos y terminó convertido en jugador de polo, corredor de automóviles y una de las figuras sociales más conocidas de su tiempo.
Vivió rodeado de actrices, aristócratas, millonarias y celebridades. Sin embargo, detrás del personaje internacional permaneció siempre su conexión original con la estructura de poder dominicana.
Décadas después, la historia pareció repetirse con Johnny Morales.
Si Porfirio se había vinculado matrimonialmente con la familia de Trujillo, Johnny terminó casándose con una sobrina del doctor Joaquín Balaguer. El tío entró a la familia del dictador y el sobrino se unió familiarmente a quien había sido uno de los principales colaboradores de Trujillo y posteriormente se convertiría en presidente de la República.
Pero la relación de Johnny con Balaguer no fue únicamente familiar. También fue política y personal. Participó en los esfuerzos que precedieron el regreso de Balaguer al poder en 1986 y posteriormente fue designado embajador de la República Dominicana en Taiwán.
Johnny se definió públicamente como colaborador y amigo sincero del doctor Balaguer. Conservó aquella lealtad hasta la muerte del expresidente, incluso después de que las circunstancias políticas habían cambiado.
Ese sentido de la amistad volvió a manifestarse en su relación con Hipólito Mejía.
Johnny fue amigo íntimo de Hipólito durante su Presidencia, pero lo verdaderamente significativo es que permaneció a su lado después de concluido el mandato. Cuando desaparecieron las ceremonias, las posiciones oficiales y las ventajas asociadas al poder, la amistad continuó.
Se convirtió en acompañante frecuente de Hipólito en su finca de San Cristóbal, contigua a una propiedad del propio Johnny. Allí compartían conversaciones, recorridos y largas horas alejados del ruido de la política cotidiana.
Johnny no era simplemente un visitante. Era amigo, confidente y presencia permanente.
Las amistades que nacen alrededor del poder suelen multiplicarse mientras existen cargos y oportunidades. Al terminar un gobierno, muchas desaparecen con la misma rapidez con la cual surgieron. Johnny pertenecía a otra categoría. Su cercanía con Hipólito se hizo quizás más auténtica después de la Presidencia, cuando ya no había posiciones que repartir ni favores oficiales que solicitar.
Podía mantener su fidelidad a la memoria de Balaguer y, al mismo tiempo, cultivar una amistad sincera con Hipólito Mejía. Para Johnny, los afectos personales estaban por encima de las fronteras partidarias.
Hasta ese punto, mi investigación resultaba histórica y política. Pero entonces apareció una conexión que llevó la historia directamente hasta mi hogar.
Johnny Morales era ahijado de mi suegra, doña Aída Cruz Brea, madre de Dania Uribe, mi fallecida esposa.
Aquello cambió mi manera de mirar toda la historia.
Pero había algo más.
Mi suegro, Rafael Uribe Montás, a quien lamentablemente no llegué a conocer, había mantenido una relación de amistad con el padre de Johnny Morales.
De pronto comprendí que el vínculo entre nuestras familias era todavía más antiguo de lo que inicialmente había supuesto. No se trataba solamente del padrinazgo de doña Aída. Por el lado de Rafael Uribe Montás existía también una amistad con la generación anterior de los Morales.
El padrinazgo, especialmente en la sociedad dominicana de aquellos años, no era una simple formalidad religiosa. Representaba confianza, responsabilidad moral y una relación que frecuentemente se prolongaba durante toda la vida.
Que doña Aída fuera madrina de Johnny y que Rafael Uribe Montás mantuviera amistad con su padre demuestra la cercanía existente entre ambas familias.
Esos vínculos venían de antes y se remontaban a una sociedad dominicana en la cual las relaciones familiares, profesionales, empresariales, sociales y políticas se entrecruzaban constantemente.
Eso no significa que todos desempeñaran funciones políticas ni que participaran directamente en las decisiones del régimen. La sociedad dominicana de entonces era mucho más compleja. Se entrecruzaban el parentesco, los negocios, las profesiones, las amistades y el compadrazgo.
En un país pequeño, esas relaciones podían sobrevivir a los gobiernos y transmitirse silenciosamente de una generación a otra.
Y allí encontré una de las coincidencias que más me impresionaron al reconstruir esta historia: yo nunca conocí a mi suegro Rafael Uribe Montás, pero muchos años después terminé siendo amigo de Johnny Morales, hijo de quien había sido amigo de mi suegro.
La vida había cerrado, sin que yo lo supiera, uno de esos círculos que solamente alcanzamos a descubrir cuando miramos hacia atrás.
Pero todavía faltaba otra coincidencia para completar el círculo.
Porfirio Rubirosa también compartía y jugaba voleibol en el Gazcue de aquellos años con miembros de mi familia materna, los Báez López Penha, y con sus vecinos, los Lovatón.
Gazcue era entonces un vecindario de grandes residencias, patios amplios, tertulias familiares y amistades duraderas. Las familias se conocían, se visitaban y cultivaban relaciones que podían prolongarse durante generaciones. El deporte, las reuniones familiares y las tertulias eran también espacios de encuentro, conversación y camaradería.
De esa manera, Rubirosa no llegaba hasta mi historia únicamente por medio de Johnny Morales y de la familia de Dania. También había compartido con mi propia familia materna y con sus vecinos los Lovatón, mucho antes de que yo conociera a Johnny en 1972.
Entonces el círculo quedó completo.
Porfirio Rubirosa compartía en Gazcue con los Báez López Penha y sus vecinos los Lovatón. Su hermano paterno llevó el apellido Morales por ser hijo de Paulina Morales. De esa rama familiar procedía Johnny, a quien conocí en 1972 dentro de aquel grupo de jóvenes relacionado con la familia Bermúdez.
Johnny era, además, ahijado de doña Aída Cruz Brea, quien después sería mi suegra. Su padre había sido amigo de mi suegro, Rafael Uribe Montás. Johnny se vinculó familiar y políticamente con Balaguer, representó al país como embajador y más adelante se convirtió en amigo íntimo y confidente de Hipólito Mejía.
Yo había conocido a Johnny sin estar consciente de ninguno de esos hilos.
Lo conocí cuando ambos mirábamos hacia el futuro y prestábamos poca atención a las historias que venían detrás de nuestros apellidos. Más de cincuenta años después, con motivo de sus exequias, descubro que aquel encuentro aparentemente casual formaba parte de una red familiar y afectiva mucho más antigua.
Uno cree que conoce a las personas por el momento en que las encuentra. Sin embargo, cada ser humano llega acompañado de una historia anterior que desconocemos.
Los documentos registran matrimonios, nombramientos, cargos militares y misiones diplomáticas. Pero rara vez recogen quién visitaba una casa, quién compartía una conversación, quién era padrino de quién, cuáles amigos permanecieron unidos después de terminar un gobierno o qué conversaciones mantuvieron dos viejos compañeros mientras recorrían una finca.
La gran historia habla de Trujillo, Balaguer, Hipólito Mejía y Porfirio Rubirosa.
La historia humana habla de Paulina Morales, del hijo que llevó su apellido, de Rafael Uribe Montás y su amistad con el padre de Johnny, del ahijado de doña Aída, de los Uribe, de los Báez López Penha, de sus vecinos los Lovatón y de aquel grupo de jóvenes que en 1972 comenzaba a recorrer su propio camino.
También habla de Dania, porque por medio de sus padres esta historia quedó unida para siempre a mi vida.
Al despedir a Johnny, no pienso únicamente en el empresario, el dirigente político, el diplomático o el hombre cercano a importantes figuras de nuestra historia. Recuerdo al joven que conocí a mi regreso al país, al amigo de sus amigos y al hombre que supo conservar sus lealtades cuando ya no existían cargos ni conveniencias.
Los gobiernos terminan. Las empresas cambian. Las generaciones se dispersan. Algunos amigos se marchan demasiado pronto y otros permanecen el tiempo suficiente para convertirse en testigos de nuestra propia historia.
Pero ciertos afectos sobreviven.
Porfirio Rubirosa entró a la familia de Trujillo y compartió con mi familia materna en Gazcue. Johnny Morales se vinculó con la familia de Balaguer, fue amigo fiel de Hipólito Mejía y ahijado de la madre de mi esposa. Su padre había sido amigo de Rafael Uribe Montás, el padre de Dania y mi suegro, a quien no tuve la oportunidad de conocer.
Y yo conocí a Johnny en 1972 sin imaginar que nuestras familias ya se habían encontrado mucho antes.
Con motivo de sus exequias cierro esta investigación convertido no solamente en narrador, sino también en testigo de una parte de su vida.
Descansa en paz, querido Johnny.
Tu paso por este mundo dejó amistades, recuerdos y lealtades que permanecerán entre quienes tuvimos el privilegio de conocerte.
Qué pequeño es el mundo.
Y qué misteriosos son los caminos mediante los cuales la vida vuelve a reunir a las mismas familias, los mismos afectos y los mismos apellidos.
Cosas de la vida.
