OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- A los descendientes de Buenaventura Báez nos ha tocado durante generaciones escuchar una versión simplificada y, muchas veces, injusta de su figura histórica. En la narrativa popular dominicana, Báez suele ser presentado como el presidente que quiso vender la patria, una etiqueta cómoda que ha sobrevivido al paso del tiempo sin el necesario ejercicio de revisión crítica que merece cualquier personaje complejo del siglo XIX. Sin embargo, cuando uno se acerca a los documentos y a la historiografía seria, la historia comienza a mostrar matices que rara vez se discuten en el debate público.

Uno de los episodios más repetidos es la acusación de “venta del país” a los Estados Unidos. Pero lo que pocas veces se recuerda es que la idea de negociar la Bahía de Samaná no nació con Báez. Años antes, el general Pedro Santana, junto a su ministro José Gabriel García, ya había explorado la cesión o arrendamiento de ese estratégico enclave como parte de la búsqueda desesperada de protección internacional para una nación recién nacida, frágil, endeudada y rodeada de amenazas externas. Era la lógica geopolítica de la época: la supervivencia del Estado dominicano parecía depender de encontrar una potencia protectora.

El siglo XIX dominicano fue un periodo de incertidumbre permanente. Haití seguía siendo una amenaza real, España reaparecía como potencia colonial en el Caribe, y las potencias europeas y Estados Unidos competían por posiciones estratégicas en la región. En ese contexto, la búsqueda de anexión o protectorados no fue una idea exclusiva de Báez, sino una corriente política compartida por varias élites dominicanas. Sin embargo, la memoria histórica decidió concentrar el estigma en una sola figura.

La biografía escrita por el historiador José Báez Guerrero ha contribuido a desmontar muchos de estos prejuicios, aportando documentos y contexto que ayudan a entender que Buenaventura Báez actuó dentro de las tensiones y limitaciones de su tiempo. Más que un “traidor”, fue un político pragmático en una era en la que la supervivencia del Estado dominicano estaba lejos de estar garantizada.

Otro aspecto poco mencionado —y profundamente revelador— es el origen familiar de Báez. Hijo de una mujer de color, creció en una sociedad marcada por jerarquías raciales heredadas de la colonia. Este hecho influyó en su visión política y en su distancia con el sistema racial estadounidense. Báez nunca fue un entusiasta del modelo racial vigente en los Estados Unidos del siglo XIX, algo que suele omitirse cuando se simplifica su acercamiento diplomático con esa nación. Para él, la relación con Estados Unidos era una estrategia de supervivencia estatal, no una adhesión ideológica al sistema social norteamericano.

La historia dominicana necesita reconciliarse con sus matices. Los líderes del siglo XIX tomaron decisiones en circunstancias que hoy resultan difíciles de imaginar. Juzgarlos sin contexto es fácil; comprenderlos exige estudio, documentos y voluntad de mirar más allá de los mitos.

Tal vez ha llegado el momento de abandonar la caricatura y asumir una visión más equilibrada. Buenaventura Báez no fue un héroe perfecto ni un villano absoluto. Fue, como tantos líderes de su tiempo, un hombre enfrentado a decisiones imposibles en una nación que apenas aprendía a existir.