OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 SEGUNDOS.- No se puede negar que el presidente Luis Abinader es un líder inteligente, cercano y consciente del momento histórico que le ha tocado gobernar. Supo conducir al país en medio de la tormenta del COVID-19 y logró reactivar el turismo @DavidColladoM en tiempo récord, colocando a la República Dominicana como referencia en la región. Sin embargo, tras ese logro indiscutible, vino un error que marcó su primera gestión: mantener al frente del Ministerio de Hacienda a José Manuel (Jochi) Vicente.

¿Por qué fue un error? Vicente, un hombre técnicamente capaz, se extravió en una obsesión: convertir la economía dominicana en “grado de inversión” a cualquier costo. Para ello aplicó un torniquete fiscal extremo, represando pagos esenciales, desde obras de infraestructura hasta sentencias firmes, bajo el argumento de disciplina macroeconómica. Este enfoque ignoró un principio básico de la economía keynesiana: la inversión pública, en tiempos de incertidumbre, es el motor que multiplica la economía, como lo demostró Franklin Delano Roosevelt tras la Gran Depresión de 1929 con su New Deal. Cada peso invertido genera empleo, demanda y recaudación. Cada obra construida dinamiza mercados y devuelve esperanza.

Pero en lugar de apostar por esa lógica, Jochi Vicente cerró el grifo. En la práctica, paralizó proyectos que habrían irrigado riqueza a toda la cadena productiva. Mientras tanto, la deuda seguía creciendo y el dinero se estacionaba en el Banco de Reservas, buscando blindar indicadores para un objetivo quimérico: la ansiada categoría de inversión. Resultado: el país terminó con el “trofeo” de ser uno de los más endeudados y, al mismo tiempo, con una de las carteras de obras más pobres en décadas.

Para agravar el cuadro, Vicente impulsó una reforma fiscal sin el mínimo respaldo político, condenada al fracaso desde su concepción. Fue un golpe de realidad: la técnica sin pragmatismo es un espejismo. El Estado no se maneja como una empresa privada; gobernar implica comprender dinámicas sociales y políticas que no caben en una hoja de Excel.

Gracias a Dios, el presidente Abinader corrigió el rumbo. Escuchó voces que pedían sensatez y apostó por Magín Díaz, un hombre pragmático y con experiencia probada. Su diagnóstico fue claro y valiente:

“Señor Presidente, usted tiene dos trofeos: el que más ha endeudado el país y el que menos obras ha hecho. Quédese con uno solo y reactive la economía”.

Ese mensaje marcó un antes y un después. Hoy vemos un Ministerio de Hacienda orientado a equilibrar disciplina fiscal con inversión inteligente. Las carreteras, las escuelas y los hospitales no pueden esperar; son la base para un desarrollo sostenible.

Abinader no merecía cargar con el costo político de una gestión hacendaria ensimismada en indicadores, ajena a la realidad social. Tampoco el país podía arriesgarse a que quien frenó la economía en Hacienda aspirara a controlar el Banco Central, desplazando a figuras de peso como Héctor Valdez Albizu, garantía de estabilidad monetaria durante décadas.

La lección es clara: hay técnicos brillantes que deben quedarse en la academia o en la consultoría privada, porque el Estado exige más que fórmulas; demanda visión, equilibrio y sensibilidad. La economía no se reduce a números: es confianza, es obra tangible, es bienestar colectivo.

Hoy, con Magín Díaz en Hacienda, se abre una oportunidad para enmendar errores y retomar el crecimiento. El presidente Abinader tiene el reto de aprovechar estos tres años para demostrar que, además de honesto y bien intencionado, sabe rodearse de quienes entienden que el desarrollo no se logra con austeridad estéril, sino con inversión estratégica que mueva el engranaje productivo del país.

Adelante, presidente @luisabinader. Corrija lo que hay que corregir. La nación lo apoya en este nuevo rumbo.