OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Hay artículos que uno lee y pasa la página. Otros, sin embargo, nos obligan a detenernos y reflexionar. Eso me ocurrió con «Aprendiendo a sufrir», de Mariela Mejía, publicado en Diario Libre, en su columna En desarrollo.

Quiero comenzar reconociendo a su autora, porque ha puesto el dedo en la llaga de una de las grandes debilidades de nuestra sociedad: los dominicanos nos hemos acostumbrado tanto a sufrir que terminamos aceptando como normales situaciones que jamás deberíamos tolerar.

Mariela recuerda una expresión de Baltasar Gracián: «Aprende a sufrir, y serás feliz». A partir de ella describe las calamidades que enfrentamos diariamente: calles inundadas, motoristas imprudentes, contaminación sonora, apagones, deficiencias hospitalarias y servicios públicos que no funcionan como deberían.

Pero su reflexión me lleva a una pregunta todavía más inquietante: ¿no estaremos confundiendo la paciencia con la resignación y la tolerancia con la indiferencia?

Porque una cosa es aprender a convivir con las dificultades inevitables de la vida y otra muy distinta es aceptar, sin reclamar, aquellas que son consecuencia de la negligencia, la improvisación y la falta de responsabilidad.

Los dominicanos hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para adaptarnos a las precariedades.

Si se va la electricidad, compramos un inversor. Si no llega el agua, construimos una cisterna. Si las calles se inundan, esperamos que baje el agua. Si aparece un hoyo, aprendemos a esquivarlo. Si el ruido no nos deja dormir, cerramos las ventanas.

Y así, poco a poco, hemos convertido las soluciones individuales en sustitutos de las responsabilidades del Estado.

Lo paradójico es que terminamos pagando dos veces: primero, mediante nuestros impuestos, por servicios que deberían funcionar; y después, de nuestros propios bolsillos, para compensar sus deficiencias.

Pero lo más preocupante no es solamente la incapacidad de resolver los problemas, sino nuestra creciente indiferencia frente a ellos.

Nos quejamos en las reuniones familiares, protestamos en los grupos de WhatsApp, criticamos en las redes sociales y expresamos nuestra indignación cuando ocurre alguna desgracia. Sin embargo, cuando llega el momento de organizarnos, participar y exigir soluciones, son pocos los que están dispuestos a dar la cara.

Desde las experiencias de los reclamos comunitarios en Gazcue, he comprobado cómo muchas personas desean que los problemas se resuelvan, pero esperan que sean otros quienes asuman el esfuerzo, el tiempo y hasta las incomodidades de reclamar.

Queremos los beneficios de una ciudadanía activa, pero muchas veces preferimos comportarnos como espectadores.

Y mientras tanto, pasan los gobiernos, cambian los funcionarios, se repiten las promesas y permanecen los mismos problemas.

No se trata de desconocer las limitaciones económicas ni de pretender que todas las dificultades puedan resolverse de la noche a la mañana. Tampoco de convertir cada reclamo en una confrontación política.

Se trata de comprender que reclamar con respeto, firmeza y perseverancia no es un acto de rebeldía, sino el ejercicio legítimo de un derecho.

Una democracia no puede sostenerse únicamente sobre la paciencia de sus ciudadanos. Necesita participación, vigilancia, exigencia de resultados y rendición de cuentas.

Quizás nuestra extraordinaria capacidad de aguantar haya terminado convirtiéndose en una de nuestras mayores debilidades.

Hemos llegado al extremo de agradecer como un favor extraordinario que una autoridad repare una calle, restablezca un servicio o cumpla una obligación para la cual recibe recursos públicos.

Cuando el cumplimiento de un deber se convierte en motivo de agradecimiento personal, hemos comenzado a perder la conciencia de nuestros derechos.

Por eso considero tan acertada la reflexión de Mariela Mejía. Su artículo no solamente describe nuestras calamidades cotidianas; también nos invita, aunque quizás involuntariamente, a examinar nuestra actitud frente a ellas.

El problema dominicano no es exclusivamente de quienes gobiernan. También es de una sociedad que muchas veces protesta en privado, pero guarda silencio cuando debe actuar colectivamente.

Necesitamos sustituir la cultura del aguante por una cultura de participación ciudadana. Comprender que los derechos no se defienden solamente con quejas, sino con organización, seguimiento y perseverancia.

Porque los gobiernos pasan, los funcionarios cambian y las promesas se renuevan, pero mientras los ciudadanos continuemos aceptando las mismas precariedades, difícilmente lograremos transformaciones duraderas.

Mi reconocimiento a Mariela Mejía y a Diario Libre por una reflexión que ha dado en el blanco de nuestra conducta colectiva.

Ojalá llegue el día en que dejemos de sentirnos orgullosos de cuánto somos capaces de soportar y comencemos a sentirnos orgullosos de cuánto hemos logrado cambiar.

Aprender a sufrir puede ayudarnos a sobrellevar la vida. Pero aprender a reclamar es indispensable para transformar un país.

Porque un pueblo que se acostumbra a sufrir termina resignándose a sus problemas. Y un pueblo que aprende a reclamar, con responsabilidad y perseverancia, comienza a construir su propio futuro.