OPINIÓN, PATRICIA SÁNCHEZ DEL CASTILLO.- Este 2026 debemos poner atención a un fenómeno, que, al investigarlo, analizarlo desde hace varios años causa mucho ruido y preocupación, El uso excesivo y muchas veces innecesario de medicamentos prescritos y no prescritos, conocido como sobre medicación o polifarmacia, y hemos visto la tendencia aumentar sobre todo en los países ‘’desarrollados’’.

Hemos visto en las últimas décadas, que el consumo de medicamentos ha aumentado de forma vertiginosa en todo el mundo. Si bien es cierto, los avances científicos han permitido tratar y prevenir muchas enfermedades, mejorando la calidad y esperanza de vida. Sin embargo, este progreso ha traído consigo un fenómeno preocupante: el uso excesivo o innecesario de medicamentos.

¿Por qué consumimos tantos medicamentos hoy en día?

Existen muchos elementos que podrían explicar esta situación. Por un lado, el ritmo acelerado de la vida moderna que lleva a muchas personas a buscar soluciones rápidas para el dolor, el estrés o el cansancio. Por el otro, el fácil acceso a medicamentos sin receta y la información poco fiable en internet fomentan la automedicación.

Además, en algunos casos, los tratamientos prolongados o la combinación de varios fármacos especialmente en personas adultas-mayores pueden generar un consumo elevado sin una revisión médica frecuente.

Polifarmacia: ¿necesidad real o comercio de la salud?

El aumento sostenido del consumo de medicamentos es uno de los retratos más claros de nuestra época. Cada vez es más común que una persona tome diez, doce o incluso más pastillas al día. Ante este escenario, la pregunta surge casi sola: ¿estamos frente a una necesidad real de salud o ante una forma silenciosa de comercio del bienestar?

Como psicóloga, observo este fenómeno con preocupación y con prudencia. No se trata de negar la utilidad de la medicación ni de desacreditar la práctica médica. Los fármacos son herramientas fundamentales y, en muchos casos, absolutamente necesarias. El problema aparece cuando la polifarmacia deja de ser una respuesta clínica cuidadosamente evaluada por profesionales y se convierte en una práctica casi automática.

En la lógica actual del sistema sanitario, cada síntoma suele encontrar su pastilla. El insomnio, la ansiedad, el dolor, el cansancio, la tristeza. Así, el cuerpo humano se fragmenta en diagnósticos y la persona se diluye en protocolos. Desde la psicología y la salud integral, sabemos que esta fragmentación ignora algo esencial: el sistema nervioso central no distingue entre especialidades médicas, pero sí sufre las consecuencias de la acumulación de medicamentos.

El exceso de medicación puede generar confusión mental, apatía emocional, alteraciones del ánimo y una sensación generalizada de desconexión. De manera paradójica, estos mismos efectos suelen ser tratados con nuevos fármacos, alimentando un círculo difícil de romper. En este punto, la línea entre necesidad terapéutica y exceso comienza a desdibujarse.

Hay una dimensión psicológica y social que no puede ignorarse. Vivimos en una cultura que busca soluciones rápidas y resultados inmediatos. El malestar, en lugar de ser escuchado, se silencia. La salud, en lugar de construirse, se consume. En este contexto, la industria farmacéutica legítima y necesaria opera dentro de un mercado que responde a la lógica de la demanda constante. El riesgo aparece cuando el cuidado de la persona queda subordinado a esa lógica.

Esto no significa afirmar que la polifarmacia sea siempre un negocio encubierto. En pacientes con enfermedades crónicas o complejas, múltiples medicamentos pueden ser indispensables. La pregunta ética y clínica es otra: ¿se revisan periódicamente esos tratamientos?, ¿se evalúan sus efectos integrales?, ¿se consideran alternativas no farmacológicas, menos invasivas?, ¿se escucha al paciente más allá de sus síntomas?

Desde una mirada integral, la verdadera salud no se mide por la cantidad de pastillas que una persona toma, sino por su calidad de vida, autonomía y su bienestar emocional. Medicación sí, pero con criterio, revisión y humanidad. Porque cuando la prescripción reemplaza al encuentro clínico y la pastilla sustituye a la escucha, la salud corre el riesgo de transformarse en mercancía.

La polifarmacia nos obliga a detenernos y reflexionar. No para satanizar la medicina, sino para recuperar el sentido del cuidado. La pregunta sigue abierta, y tal vez deba seguir estándolo: ¿estamos tratando personas o administrando productos?

La polifarmacia no es solo un fenómeno médico; es un espejo de la sociedad que hemos construido en los últimos 50/40 años. Una sociedad con poca tolerancia al malestar, al tiempo de los procesos y a la complejidad de lo humano. Una sociedad que, muchas veces sin cuestionarlo, delega el cuidado de la salud casi exclusivamente en la prescripción.

Desde la salud integral, el desafío es colectivo. Implica revisar cómo entendemos el bienestar, cómo formamos a los profesionales, cómo están organizados los sistemas de salud y qué lugar le damos a la prevención, la escucha y el acompañamiento. Implica también que recuperemos la idea de que no todo síntoma necesita ser silenciado de inmediato, y que muchas veces el malestar es un mensaje que merece ser comprendido.

Medicar seguirá siendo necesario, pero no debería ser la única respuesta ni la primera. Una mirada integral invita a integrar cuerpo, mente, vínculos y contexto; a trabajar de manera interdisciplinaria y a devolver a las personas un rol activo en velar por su propio cuidado. Tal vez el verdadero avance en salud no esté en sumar pastillas, sino en aprender a mirar al ser humano en un plano integral.