OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.– Hay empresarios que construyen fortunas. Hay otros que, además de hacerlo, ayudan a transformar regiones enteras. Cuando se escriba la historia económica contemporánea de la República Dominicana, la familia Fanjul ocupará un capítulo propio, porque comprender el desarrollo de La Romana y de una parte importante del turismo nacional resulta imposible sin entender su aporte.
La noticia del fallecimiento de Alfonso “Alfy” Fanjul ha despertado innumerables recuerdos entre quienes vivimos de cerca la extraordinaria transformación de La Romana. Para muchos dominicanos no fue solamente el presidente de un importante grupo empresarial; representó una etapa de crecimiento, estabilidad y visión de largo plazo.
Yo tuve el privilegio de observar parte de esa historia desde muy cerca.
Regresé al país en 1972, recién graduado, cuando mi primo hermano Alfonso Paniagua Baez me abrió las puertas del sector financiero al ingresar a Citibank. Casi al mismo tiempo, él iniciaba una etapa importante de su vida profesional en Casa de Campo, bajo el liderazgo del inolvidable Charles Bluhdorn, el visionario presidente de Gulf+Western que creyó en el potencial de la República Dominicana cuando pocos lo hacían.
Aquellos fueron años irrepetibles.
La Romana era una comunidad pequeña. Casa de Campo apenas comenzaba a convertirse en el proyecto turístico que hoy conoce el mundo. Nos conocíamos prácticamente todos. Las familias compartían, los niños crecían juntos y las relaciones humanas tenían una cercanía difícil de explicar a quienes solo conocen el éxito actual del complejo.
La muerte inesperada de Bluhdorn en 1983 cambió completamente el panorama. El nuevo presidente de Gulf+Western, Martin Davis, inició un amplio proceso de venta de activos no estratégicos, incluyendo las operaciones azucareras y turísticas de la República Dominicana. Finalmente, un grupo encabezado por los hermanos Alfy y Pepe Fanjul participó en la adquisición de esos activos en 1984.
Existe una anécdota que siempre me llamó la atención. Se comenta que, cuando se discutía el futuro de Casa de Campo, Martin Davis prácticamente les dijo a los Fanjul que conservaran también el proyecto turístico, porque el verdadero interés del grupo comprador estaba concentrado en la agroindustria azucarera. Aquella decisión terminaría cambiando para siempre el destino de La Romana.
Con el paso de los años quedó demostrado que no solo preservaron ese patrimonio, sino que lo fortalecieron.
Mantuvieron la producción azucarera como uno de los pilares económicos del Este del país, al tiempo que consolidaron a Casa de Campo como uno de los complejos turísticos más prestigiosos del Caribe. Central Romana continuó expandiendo operaciones agrícolas, industriales, portuarias y aeroportuarias, generando miles de empleos directos e indirectos y contribuyendo de manera decisiva al desarrollo de toda la región.
Pero más allá de las cifras, hay algo que quienes vivimos aquellos años nunca olvidaremos.
Recuerdo perfectamente la famosa Casa Grande, donde en muchas ocasiones se abrían las puertas para recibir amigos y familias durante las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Aquello reflejaba una cercanía poco común entre una gran empresa y la comunidad que la rodeaba. Mi primo cultivó una sincera amistad con Alfy y con Pepe Fanjul, y gracias a esa relación pude conocer de cerca la sencillez con la que trataban a tantas personas.
Con el tiempo, La Romana dejó de ser aquel lugar tranquilo de nuestra juventud para convertirse en un referente internacional. Sin embargo, para muchos de nosotros sigue siendo el escenario donde construimos amistades que han perdurado durante toda la vida.
Por supuesto, ninguna obra humana está exenta de desafíos o críticas. Empresas de la magnitud de Central Romana han enfrentado debates y cuestionamientos a lo largo de los años. Pero también es justo reconocer que su aporte al desarrollo económico, al empleo, a la agroindustria y al turismo dominicano ha sido extraordinario y forma parte de la historia del país.
La partida de Alfy Fanjul representa una pérdida sensible para La Romana. Sin embargo, deja la tranquilidad de que existe una sólida línea de continuidad empresarial y familiar, capaz de preservar una obra construida durante décadas.
Las personas pasan. Las instituciones permanecen cuando fueron edificadas sobre trabajo, disciplina y visión.
Hoy corresponde expresar gratitud.
Gratitud por las inversiones realizadas cuando muchos dudaban del futuro de la República Dominicana.
Gratitud por los miles de empleos creados.
Gratitud por haber contribuido a convertir a La Romana en uno de los grandes motores económicos y turísticos del Caribe.
Y gratitud porque varias generaciones de dominicanos tuvimos el privilegio de disfrutar una etapa inolvidable de nuestras vidas en ese rincón privilegiado del país que, para muchos de nosotros, siempre seguirá sintiéndose como un segundo hogar.
Gracias, Alfy. Gracias, Pepe. Gracias a toda la familia Fanjul.
La historia económica de la República Dominicana les reserva un lugar destacado, y quienes crecimos junto al desarrollo de La Romana sabemos que su legado continuará mucho después de que el tiempo haya pasado sobre todos nosotros.
