OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Hay conciertos que uno disfruta y olvida; otros permanecen en la memoria porque, por unas horas, todo parece ocupar exactamente el lugar que le corresponde. Eso fue lo que ocurrió anoche en la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito.

La Gala de Grandes Intérpretes “Margarita Copello de Rodríguez” reunió a la soprano estadounidense Nadine Sierra, al tenor español Xabier Anduaga, a nuestra Orquesta Sinfónica Nacional y al maestro José Antonio Molina.

El resultado fue mucho más que la suma de grandes talentos. Fue una demostración de lo que puede alcanzarse cuando preparación, disciplina, sensibilidad y dirección trabajan en una misma dirección.

El programa nos llevó por Verdi, Mascagni, Gounod, Donizetti y Puccini, para después recorrer la zarzuela española y terminar acercándonos a Broadway con My Fair Lady, Candide y West Side Story. Era prácticamente un viaje musical desde la gran tradición operística europea hasta el teatro musical estadounidense.

Nadine Sierra exhibió una voz de extraordinaria belleza, flexibilidad y seguridad. Xabier Anduaga mostró la potencia y luminosidad de un tenor que pertenece ya a los grandes escenarios internacionales. Y cuando ambas voces se encontraron, apareció esa química especial que ninguna partitura puede ordenar ni ningún programa puede garantizar.

Pero quisiera detenerme especialmente en el maestro José Antonio Molina.

Desde la platea uno observa al director levantar las manos y, de repente, decenas de músicos, con instrumentos, personalidades y responsabilidades diferentes, comienzan a respirar como si fueran un solo organismo.

Cada músico conoce perfectamente su instrumento. Pero ninguno pretende imponerse sobre los demás. Todos saben cuándo entrar, cuándo callar, cuándo acompañar y cuándo asumir el protagonismo.

Molina no produce una sola nota y, sin embargo, produce la música completa.

Su instrumento es la orquesta.

Y esa noche volvió a demostrar algo que muchas veces olvidamos fuera de una sala de conciertos: dirigir no significa hacer el trabajo de todos; significa conseguir que todos hagan extraordinariamente bien la parte que les corresponde.

La Orquesta Sinfónica Nacional respondió admirablemente a esa dirección y demostró que puede acompañar con solvencia y sensibilidad a intérpretes acostumbrados a los principales escenarios internacionales.

El público también lo entendió. Los aplausos prolongaron la noche y llegaron los regalos finales: “Júrame”, “O mio babbino caro” y “O sole mio”.

Sin embargo, para mí hubo otra historia aquella noche que no aparecía escrita en el programa.

Mi mejor “date” de la noche.

Cuando uno llega al Teatro Nacional suele comentar quién canta, qué obra se interpretará o dónde están los asientos. Yo llegué esta vez acompañado de alguien muy especial: mi hija Mariel.

Y medio en serio, medio en broma, pensé que aquella noche había salido de date con ella.

Puede parecer una pequeña anécdota, pero para mí tuvo un significado enorme.

Habían transcurrido aproximadamente un año y cuatro meses desde el fallecimiento de su madre, mi compañera de tantos años. Después de una pérdida así, muchas actividades que antes parecían rutinarias adquieren otro significado. Hay lugares, canciones, cenas y momentos que inevitablemente despiertan recuerdos.

La vida, sin embargo, tiene una manera silenciosa de enseñarnos que continuar no significa olvidar.

Aquella noche, sentado junto a mi hija escuchando a Sierra y Anduaga, comprendí que también existen momentos en los que el recuerdo de quien ya no está puede convivir con la alegría de quienes seguimos aquí.

No fue una noche para sustituir ausencias —eso sería imposible—, sino para transformar la ausencia en memoria y la memoria en compañía.

Quizás por eso la música me llegó de una manera diferente.

En algún momento miré a mi hija, después miré el escenario y pensé que aquel era probablemente uno de los mejores regalos que podía darme la vida en esta etapa: poder seguir compartiendo con ella una noche hermosa.

Y entonces comprendí algo sencillo: mi mejor “date” de aquella noche no estaba sobre el escenario. Estaba sentada a mi lado.

Tal vez por eso salí del Teatro Nacional con una emoción distinta.

Y mientras observaba al maestro Molina dirigir, surgió inevitablemente otra reflexión.

¿Cuánto podríamos aprender como sociedad de una orquesta?

Allí había decenas de personas, instrumentos diferentes, talentos individuales extraordinarios y responsabilidades distintas. Sin embargo, todos seguían una partitura, respetaban los tiempos y entendían que el éxito individual dependía del resultado colectivo.

El violín no pretende convertirse en trompeta. El percusionista sabe esperar. El solista comprende cuándo debe apoyarse en la orquesta. Y el director sabe que su autoridad no consiste en tocar más fuerte que los demás, sino en conseguir que todos encuentren su lugar.

¡Qué formidable lección para nuestra vida nacional!

Tenemos buenos profesionales, empresarios, servidores públicos, académicos, trabajadores y jóvenes talentosos. Quizás muchas veces nuestro problema no sea la falta de instrumentos, sino conseguir que todos toquemos la misma partitura.

Porque cuando cada cual toca por su cuenta, tenemos ruido.

Cuando existe dirección, disciplina, respeto por los demás y un propósito común, tenemos música.

Por eso felicito a la Fundación Sinfonía, a la Fundación Amigos del Teatro Nacional, a la Orquesta Sinfónica Nacional, al maestro José Antonio Molina, a Nadine Sierra, a Xabier Anduaga y a todas las personas que hicieron posible esta magnífica velada.

Fue una gran noche para la cultura dominicana.

Para mí, además, fue algo más íntimo.

Fue una noche de música, recuerdos y esperanza. Una de esas ocasiones en que uno descubre que la vida puede cambiar de partitura sin que tengamos que olvidar la música que tocamos antes.

Y tuve la fortuna de escuchar esa nueva partitura sentado junto a mi hija.

Anoche, en el Teatro Nacional, República Dominicana hizo música. Y para este padre, la música tuvo además un significado muy especial.