OPINIÓN, FÉLIX CORREA, PARA 7 SEGUNDOS.- Vivimos en la generación de la inmediatez. Todo tiene que ser rápido. Queremos resultados sin procesos, éxito sin preparación, riqueza sin sacrificio, reconocimiento sin experiencia y victorias sin haber librado las batallas. Sin darnos cuenta, muchas veces queremos saltar donde Dios nos está pidiendo subir por los estribos.
Quien salta para llegar más rápido, muchas veces termina cayendo. Quien usa los estribos, llega más lento, pero llega más seguro.
Ese principio no solo aplica cuando montamos un caballo o subimos a un vehículo alto. Es una lección para toda la vida. Los estribos representan la preparación, el aprendizaje, la disciplina y los procesos que nos permiten avanzar con firmeza. Saltar, en cambio, representa la impaciencia, la improvisación y el deseo de alcanzar metas sin haber recorrido el camino que nos fortalece para sostenerlas.
Quien alguna vez ha montado un caballo o ha visto subir a una persona a una camioneta alta, sabe que los estribos no están ahí por casualidad. Son el punto de apoyo para subir con seguridad. Saltar puede parecer más rápido, pero también aumenta el riesgo de caer, de lesionarse o simplemente de no llegar.
La vida funciona de la misma manera.
Hay personas que quieren un crecimiento espiritual sin dedicar tiempo a la oración, a la lectura de la Palabra y a la formación de su fe. Quieren disfrutar de una relación profunda con Dios, pero pretenden saltarse los momentos de silencio, de prueba y de perseverancia. Sin embargo, la madurez espiritual nunca llega por accidente. Es el resultado de un proceso.
También ocurre en la familia. Muchos desean tener hogares unidos, hijos responsables y matrimonios sólidos, pero olvidan que esos frutos nacen de pequeñas acciones repetidas durante años: escuchar, dialogar, perdonar, compartir y educar con el ejemplo. No existen familias fuertes construidas de un solo salto.
En el ámbito laboral sucede exactamente igual. Todos admiramos al empresario exitoso, al profesional reconocido o al líder respetado. Lo que casi nunca vemos son las noches de estudio, los errores, las frustraciones, los cursos, las capacitaciones y los años de disciplina que hubo detrás de ese éxito. Nadie llega a la cima por casualidad.
Lo mismo ocurre con nuestras finanzas. Queremos estabilidad económica, pero muchas veces rechazamos la planificación, el ahorro y la inversión en conocimientos. El patrimonio no se construye de un día para otro. Se construye paso a paso.
Los grandes proyectos siempre comienzan con pequeños pasos. Antes de levantar un edificio se estudia el terreno. Antes de navegar se revisa la embarcación. Antes de despegar un avión se ejecuta un protocolo completo. Nadie considera una pérdida de tiempo esas verificaciones, porque saben que de ellas depende el éxito del viaje.
¿Por qué entonces queremos improvisar nuestra propia vida?
Cada etapa tiene su propósito. Cada proceso tiene una enseñanza. Cada espera tiene una razón.
Dios mismo trabaja por procesos. José pasó de esclavo a gobernador, pero antes atravesó años de formación. David fue ungido como rey siendo joven, pero tuvo que esperar mucho tiempo antes de sentarse en el trono. Jesús dedicó alrededor de treinta años de preparación antes de iniciar un ministerio público de apenas tres años.
Ninguno de ellos saltó los estribos.
Quizás hoy estés desesperado porque las cosas no avanzan al ritmo que esperabas. Tal vez sientes que otros van delante de ti. No te preocupes por la velocidad. Preocúpate por la preparación.
Los procesos no son castigos; son entrenamiento. Las esperas no son pérdidas de tiempo; son inversiones para el futuro.
La vida premia a quienes se preparan y no a quienes simplemente se apresuran.
Nunca saltes.
Usa los estribos.
Porque los grandes destinos no se alcanzan con impulsos, sino con pasos firmes.
Los estribos nunca fueron un obstáculo; siempre fueron la forma más segura de llegar al lugar donde Dios quería ponerte.
