OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- La partida de don Román Ramos deja un profundo vacío en la República Dominicana y en su querida Asturias, España. Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo no solo despedimos a un extraordinario empresario, sino a un hombre de una inteligencia excepcional, una visión estratégica poco común y una calidad humana difícil de igualar.

Tuve el honor de compartir con él como miembro del Consejo de Directores del Banco Mercantil entre 1989 y 2003. Durante esos años confirmé que la educación formal es importante, pero existe otra universidad, la de la experiencia y la vida, en la que don Román obtuvo un verdadero doctorado.

Era oriundo de Pola de Allande, Asturias, y llegó a la República Dominicana con el carácter emprendedor que distingue a tantos asturianos que ayudaron a construir parte del desarrollo económico del país.

Cuando ingresé al Banco Mercantil, La Sirena operaba desde su tradicional establecimiento de la calle Mella. Fue entonces cuando comenzó el gran salto empresarial que transformó aquella empresa familiar en uno de los conglomerados comerciales más importantes del Caribe.

Nunca olvidaré la controversia que generó su decisión de adquirir los terrenos donde posteriormente se construiría la emblemática tienda de La Sirena en la avenida Winston Churchill. Muchos pensaban que era una apuesta demasiado ambiciosa, que una tienda y supermercado dirigido a la clase media alta y alta dominicana no tendría éxito. El tiempo le dio la razón. Su visión derrotó todos los pronósticos.

Siempre procuraba escucharlo. Cada conversación con él era una clase magistral de estrategia empresarial. Analizaba los negocios con una serenidad admirable y una capacidad extraordinaria para anticipar escenarios.

Siendo presidente de la Cámara Americana de Comercio, alrededor del año 2000, un alto ejecutivo de Walmart me pidió que le hiciera llegar un mensaje a don Román para explorar una posible conversación sobre el futuro de su empresa. Nunca conocí el contenido de esas conversaciones ni si llegaron a concretarse, pero aquel hecho me permitió comprender la dimensión internacional que ya había alcanzado el Grupo Ramos.

Después de la crisis bancaria de los años noventa, en el Banco Mercantil emprendimos una profunda reingeniería de procesos junto con Price Waterhouse. Aquella transformación impresionó a don Román, quien decidió fortalecer aún más la transparencia y la modernización de todas las operaciones de su grupo empresarial. Incorporó estándares internacionales de administración, profesionalizó la organización y fortaleció sus controles internos. Aquellas decisiones marcaron un antes y un después en la historia del Grupo Ramos y demostraron que la transparencia, lejos de ser un costo, constituye una ventaja competitiva.

Durante la crisis bancaria de 2003 viví los momentos más difíciles de mi vida profesional. En medio de aquella tormenta recibí una llamada de don Román. Le expliqué que enfrentábamos una fuerte corrida de depósitos y la enorme incertidumbre que rodeaba al sistema financiero.

Su respuesta jamás la olvidaré.

Con absoluta serenidad me dijo:

“Acabo de hablar con don Héctor José Rizek Llabaly. Ambos firmaremos una carta dirigida al gobernador del Banco Central garantizando personalmente una línea de crédito para respaldar la solvencia que requiera el Banco Mercantil.”

Fue un gesto extraordinario. Dos de los empresarios más respetados del país ponían su prestigio y su patrimonio al servicio de una institución financiera en medio de una de las peores crisis económicas de nuestra historia.

Llevé personalmente aquella carta al gobernador del Banco Central. Recuerdo que me expresó su sorpresa por la magnitud del respaldo recibido y llamó inmediatamente a uno de sus colaboradores más cercanos para mostrársela. Sin embargo, la respuesta que escuché en ese momento fue que la decisión ya estaba tomada.

Aquel episodio me dejó la impresión de que el destino del Banco Mercantil ya estaba prácticamente definido. Esa ha sido siempre mi percepción personal sobre aquellos acontecimientos, aunque el tiempo no me ha permitido comprender plenamente todas las razones que condujeron a ese desenlace.

Con el paso de los años, muchos olvidaron aquellos gestos de solidaridad. Yo no.

Por eso hoy considero un deber moral reconocer públicamente la grandeza de don Román Ramos y de don Héctor José Rizek Llabaly, quienes, en uno de los momentos más difíciles de nuestra historia financiera, estuvieron dispuestos a respaldar con hechos, y no solo con palabras, la continuidad de una institución.

Don Román fue un empresario excepcional, pero, sobre todo, un hombre de palabra, de principios y de enorme responsabilidad social. Su legado no se limita a los supermercados, a los centros comerciales o al crecimiento de una empresa. Su mayor legado fue demostrar que la visión estratégica, la transparencia, la disciplina y la confianza constituyen el verdadero patrimonio de una organización.

Hoy el Grupo Ramos continúa creciendo bajo el liderazgo de nuevas generaciones y una estructura corporativa altamente profesional. Ese éxito tiene sus raíces en la visión de un hombre que supo adelantarse a su tiempo.

A toda la familia Ramos, a sus colaboradores y amigos, les expreso mis más sinceras condolencias.

Asturias pierde a uno de sus hijos más ilustres. La República Dominicana despide a uno de los empresarios más visionarios de su historia contemporánea.

Que Dios conceda a don Román Ramos el descanso eterno y que su ejemplo siga inspirando a las futuras generaciones de empresarios dominicanos.