OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ para 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA .- Conocí a Ramón Alburquerque cuando era presidente del Senado. Lo escuchaba con atención en sus exposiciones técnicas, densas y rigurosas. En más de una ocasión, al no dominar completamente el tema que desarrollaba, me asaltaba una duda honesta: no sabía si estaba escuchando una verdad incontestable o una construcción intelectual tan bien armada que resultaba imposible desmontarla. Hablaba con una profundidad poco común, con dominio de conceptos, cifras, procesos y contextos. Era evidente que no improvisaba. Era, sin exagerar, un erudito.

Para muchos, sin embargo, ese nivel de conocimiento, su manejo de varios idiomas, su formación científica —especialmente en ingeniería química— y hasta sus orígenes, le granjearon fama de arrogante. En un país donde la ligereza suele confundirse con cercanía y la superficialidad con simpatía, la inteligencia profunda muchas veces incomoda. Ramón no simplificaba para agradar; explicaba para entender, aunque eso implicara incomodar.

Todo terminó de encajar cuando vi su entrevista con Colombia Alcántara en YouTube. Ahí apareció el hombre detrás del intelectual. Conocer su historia personal cambia por completo la mirada: un niño marcado desde el nacimiento por graves problemas de salud, sometido a múltiples cirugías, largos periodos de aislamiento, criado en buena parte por monjas, lejos de su hogar y de su familia. Un niño que aprendió temprano a convivir con el dolor, la soledad y la disciplina. En ese contexto, el estudio no fue un lujo, sino un refugio; el conocimiento, una tabla de salvación.

Entender ese origen permite comprender su carácter, su rigor, su necesidad de precisión, su forma casi obsesiva de dominar los temas. No era soberbia: era defensa. No era frialdad: era concentración. Haber llegado desde esas circunstancias personales a ocupar posiciones clave del Estado, a presidir el Senado en varias ocasiones, a ser referencia técnica y política durante décadas, solo admite una palabra justa: mérito.

Invito sinceramente a ver esa entrevista y a buscar en internet pasajes de su vida. Conocer su historia le da profundidad al análisis y obliga a revisar juicios ligeros. La vida de Ramón Alburquerque es una lección silenciosa: detrás de una inteligencia que a veces incomoda, suele haber una biografía de sacrificio, resiliencia y superación extraordinaria.