OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 SEGUNDOS.- El golf tiene un atractivo especial que va más allá de ser un deporte. Para nosotros, que cada sábado en el LRCC o cada miércoles en el SDCC nos encontramos con los palos al hombro, se ha convertido en un ritual que mezcla amistad, disciplina y ese desafío que nunca termina. No es solo llevar una bola a un hoyo en la menor cantidad de golpes, sino la compleja combinación de mente, cuerpo y camaradería que hace de cada ronda una experiencia única.

Cada tiro es una decisión estratégica. Y bien lo sabemos cuando en el tee de salida discutimos si conviene arriesgar o jugar seguro. La elección del palo, la dirección del viento, la distancia, la inclinación del terreno, la altura de la bola y hasta el estado de ánimo se conjugan en segundos. Esa necesidad de resolver problemas en cada hoyo convierte al golf en un ejercicio de pensamiento crítico, donde los aciertos nos llenan de orgullo y los errores nos persiguen hasta el hoyo 19, obligándonos a recordar que siempre habrá una próxima oportunidad.

A diferencia de otros deportes, aquí el verdadero rival no es el compañero, sino uno mismo. El campo cambia por el clima, por la hora del día o por la concentración que logremos mantener. El contrincante más difícil es la mente: controlar el ego, evitar la frustración y mantener la calma es parte esencial de la experiencia. Esa lucha interior, silenciosa e íntima, es lo que convierte a cada ronda en algo más que un juego.

Pero también es cierto que el golf es social por naturaleza. En cada ronda nacen conversaciones que van desde la política hasta la vida familiar, se intercambian experiencias y se sellan amistades. Esa mezcla de deporte y tertulia lo hace aún más atractivo, porque no solo salimos con un score, salimos con anécdotas y, muchas veces, con carcajadas que se recuerdan durante la semana.

La obsesión por la precisión es otro de sus encantos. El más mínimo error de cálculo cambia el destino de la bola y, con él, del score. Esa búsqueda permanente de mejorar el swing, de dominar el putt o de evitar el “slice” nos engancha sin remedio. Siempre queda la ilusión de que el próximo tiro será perfecto, aunque todos sabemos que al siguiente hoyo la historia puede cambiar.

En nuestra edad, el golf adquiere un valor especial. Es físicamente manejable, permite ejercitar el cuerpo sin exigir demasiado, y mantiene la mente alerta. Caminar el campo, planificar jugadas, tomar decisiones y compartir con amigos se convierte en una terapia de vida. Para muchos de nosotros, es la mejor forma de mantenernos vigentes, activos y conectados con los demás.

Por eso el golf es tan adictivo. Combina lo intelectual, lo físico, lo social y lo emocional en un solo escenario. Cada sábado en La Romana y cada miércoles en Santo Domingo nos recuerda que el juego nunca se repite, que cada ronda trae su reto y que cada tiro representa la posibilidad de superarse. No es casualidad que tantos de nosotros sigamos fieles al tee de salida: porque en el golf encontramos un reflejo de la vida misma, con sus triunfos, sus tropiezos y la motivación de saber que siempre habrá una próxima ronda… y un hoyo 19 para celebrarlo juntos.