OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ.- La llegada de Leah Francis Campos como nueva embajadora de los Estados Unidos en la República Dominicana marca un momento de renovación en las históricas relaciones entre ambas naciones. Su confirmación por el Senado estadounidense pone fin a un largo período sin representación titular y abre un horizonte de diálogo, cooperación y entendimiento en un contexto internacional que demanda diplomacia inteligente, liderazgo sensible y visión de futuro.

Desde que en 1884 se establecieron oficialmente las relaciones diplomáticas entre Santo Domingo y Washington, la historia compartida ha sido una travesía de encuentros, desencuentros y mutua influencia. La presencia norteamericana en los momentos clave de nuestra historia —ya sea en la reconstrucción posterior a las intervenciones o en los programas de cooperación que modernizaron sectores estratégicos— ha dejado una huella profunda en el devenir de nuestro país. Embajadores como Hans Hertell, durante los primeros años del siglo XXI, impulsaron la inversión y el intercambio comercial; otros, como Wally Brewster, promovieron el diálogo sobre temas sociales y derechos humanos.
Y cómo no recordar a la embajadora Robin Bernstein, quien durante su gestión entre 2018 y 2021 se destacó por su cercanía al pueblo dominicano, su presencia activa en los medios y su genuino interés por conocer cada rincón del país. Su estilo cordial y directo, junto con su impulso a proyectos educativos, de emprendimiento y empoderamiento femenino, dejaron una impronta de afecto y respeto mutuo. Bernstein supo entender al dominicano: su alegría, su orgullo y su sentido de comunidad, convirtiéndose en una figura muy apreciada por la sociedad civil y el liderazgo empresarial.
La nueva embajadora, Leah Francis Campos, llega a Santo Domingo con una sólida carrera en política exterior y seguridad. Ha sido oficial de la CIA y asesora principal para el Hemisferio Occidental en el Comité de Asuntos Exteriores del Congreso de los Estados Unidos, experiencia que la posiciona como una diplomática de carácter, pragmática y conocedora de la región. Su designación no es un gesto burocrático, sino una declaración de interés estratégico. Estados Unidos reconoce en la República Dominicana un socio clave del Caribe, un modelo de estabilidad democrática y un puente hacia nuevas oportunidades de inversión, innovación y cooperación regional. Campos ha expresado su deseo de fortalecer los lazos económicos y de seguridad, pero también de promover intercambios en educación, medio ambiente y desarrollo sostenible.
La República Dominicana no es solo un destino turístico; es una nación de historia vibrante, de resiliencia y hospitalidad, donde la diplomacia no se ejerce solo en los salones, sino en la calidez del encuentro humano. Desde Juan Pablo Duarte hasta las generaciones actuales, el espíritu dominicano ha sabido combinar dignidad y apertura, identidad y universalidad. Por eso, la llegada de la embajadora Campos debe ser recibida con respeto, entusiasmo y esperanza. Que encuentre en nuestro país no solo una misión diplomática, sino una experiencia transformadora. Que conozca nuestras universidades, nuestros campos, nuestras industrias creativas y, sobre todo, a nuestra gente.
En una era donde las relaciones internacionales se miden no solo por tratados sino por confianza, República Dominicana y Estados Unidos tienen la oportunidad de escribir juntos un nuevo capítulo sustentado en la amistad, la cooperación y el beneficio mutuo. Embajadora Campos, bienvenida a nuestra tierra. Que su gestión deje huellas de entendimiento, de colaboración sincera y de progreso compartido. Que su voz en Washington lleve el eco de esta isla que vibra entre el Atlántico y el Caribe, y que sus pasos en Santo Domingo sean testimonio de una diplomacia que no divide, sino que une.
Bienvenida a la República Dominicana. Bienvenida a la historia.
