OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- La apatía dominicana no nació de la noche a la mañana. Se ha ido sedimentando, capa por capa, hasta convertirse en el estado emocional colectivo de un país que parece cansado de indignarse. Hemos normalizado lo que antes era escándalo: leyes que no se cumplen, sentencias definitivas que no se ejecutan, expedientes penales diseñados para morir en el tiempo, tapones que se vuelven paisaje urbano, funcionarios que declaran oídos sordos, instituciones que firman, sellan… y olvidan.

La apatía no es simple indiferencia: es una forma de defensa emocional. Es el resultado de una ciudadanía que ha visto, una y otra vez, cómo reclamar, protestar o exigir no cambia nada. El dominicano se ha ido desconectando de lo público para refugiarse en lo privado: su familia, su WhatsApp, su trabajo, su villa, su “resuelve como puedas”. La consecuencia no es solo moral, sino estructural: cuando el ciudadano deja de creer, el Estado deja de responder.

Estamos apáticos porque hemos visto demasiadas veces el ciclo repetirse: anuncio, escándalo, promesa, comisión, silencio. Porque las instituciones se han vuelto expertas en agotar al ciudadano, no en servirlo. Porque se ha instalado la convicción silenciosa de que “no vale la pena”.

Pero la apatía tiene efectos letales: una sociedad que deja de exigir, termina aceptando. Cuando una sentencia firme no se ejecuta, el Estado deja de ser árbitro y se vuelve cómplice. Cuando el expediente penal se arma mal a propósito, la justicia se convierte en teatro. Cuando los tapones se vuelven eternos, la productividad muere y la vida se acorta. Cuando el ciudadano se cansa, el poder se acomoda.

La apatía, en términos cívicos, es una renuncia parcial a la ciudadanía. Y esa renuncia es peligrosa, porque el vacío que deja la participación lo ocupa el abuso.

El día que la apatía sea la norma, la injusticia habrá ganado sin disparar un tiro. Ese es el verdadero riesgo de la República Dominicana: no que nos gobierne un partido u otro, sino que dejemos de creer que podemos gobernarnos a nosotros mismos.

La pregunta ya no es “¿quién tiene la culpa?”, sino “¿quién tiene todavía la energía de reaccionar?”. Porque la apatía no solo adormece: también entierra.