OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- El artículo publicado hoy 2 de Marzo en Diario Libre sobre las pérdidas de las EDE no es una noticia más. Es un espejo. Y lo que refleja no es precisamente eficiencia ni esperanza.

Las cifras son demoledoras: pérdidas que rondan niveles inaceptables, subsidios multimillonarios que salen del bolsillo de todos y una estructura que, año tras año, promete mejoras que no llegan. Mientras tanto, el país sigue pagando la factura.

Uno se pregunta: ¿cómo se está manejando realmente el sector eléctrico? ¿Bajo qué criterios de eficiencia? ¿Dónde están los resultados después de tantos recursos invertidos?

Las empresas distribuidoras — Edeeste, Edesur Dominicana y Edenorte Dominicana — continúan acumulando pérdidas técnicas y no técnicas que superan cualquier estándar razonable en mercados comparables. No hablamos de un pequeño desajuste: hablamos de una sangría financiera estructural.

Cada punto porcentual de pérdida representa millones de dólares que podrían destinarse a salud, educación, infraestructura o reducción de deuda. En una economía como la de la República Dominicana, que necesita capital para crecer con equidad, seguir perdiendo recursos en ineficiencias crónicas ya no es una opción responsable.

La pregunta incómoda — pero inevitable — es esta: ¿cuándo se tomarán decisiones estructurales de verdad?

No se trata de ideología. Se trata de resultados. Si el modelo actual no logra reducir pérdidas ni garantizar sostenibilidad financiera, entonces hay que revisarlo. Sin miedo. Sin dogmas. Sin cálculos políticos de corto plazo.

¿Privatización? ¿Alianzas público-privadas reales con transferencia de riesgo? ¿Concesiones por desempeño con metas obligatorias? El debate no puede seguir siendo tabú. Lo que sí es insostenible es continuar subsidiando ineficiencias indefinidamente.

El Estado no puede ser administrador eterno de déficits. Su rol es regular, supervisar y garantizar equilibrio social, no absorber pérdidas sin consecuencias.

¿Quién le pondrá el cascabel al gato?
¿Quién asumirá el costo político de transformar el sector?
¿Quién se atreverá a decir que así no se puede seguir?

Porque mientras discutimos, la factura crece. Y no es una metáfora: es una factura real, pagada con impuestos, deuda y oportunidades perdidas.

Ya no hay más tiempo para diagnósticos repetidos.
Lo que falta no es conciencia nacional.
Lo que falta es decisión.

Y la luz al final del túnel no llegará sola.